Imagen y Meditación de Cuba en su Historia Reciente
Julio Rodríguez-Luis
Memoria de Cuba
Ediciones Universal,
Miami, 2001. 182 pp.
Julio Rodríguez-Luis es un escritor, hispanista y catedrático cubano que ha enseñado en varias universidades norteamericanas y al presente reside en Madrid. Ha publicado libros sobre Cervantes, Borges, Cortázar, la novela indigenista, la narrativa documental, literatura hispanoamericana moderna y contemporánea, incluyendo las de Cuba y Puerto Rico, y editado o coeditado otros sobre poesía negra, la novela picaresca, Martí y la literatura del Caribe hispánico. También ha editado las Novelas Ejemplares y tres novelas de Fernán Caballero. Salió de Cuba en 1958 a proseguir sus estudios universitarios en Puerto Rico, y ha permanecido en el exterior desde entonces aunque ha realizado algunos viajes a Cuba a través de los años porque, como dice, “Cuba continúa preocupándome, continúa doliéndome.” De ahí esta Memoria de Cuba que es no sólo una excelente crónica de los años 50 en La Habana, escrita desde el punto de vista del joven intelectual y estudiante que era él entonces, sino que cubre asimismo el proceso de los últimos cuarenta y tantos años basado, principalmente, en sus agudas observaciones e investigaciones de la realidad cubana tanto durante sus visitas a la Isla como desde el exterior.
Perteneció, entre 1955 y 1958, al grupo de la revista Ciclón, escribiendo artículos y reseñas de libros y filmes, en tanto que cursaba estudios de Derecho y de Filosofía y Letras en la Universidad de la Habana hasta su clausura en diciembre de 1956. Conoció a Roberto Fernández Retamar, como estudiante suyo en el Instituto Edison y luego en la Universidad; también en la Universidad y, particularmente, en un célebre curso sobre cine que daba José Manuel Valdés Rodríguez en la Escuela de Verano, conoció a otros jóvenes con quienes compartía inquietudes intelectuales, como Graziella Pogolotti y Alvar González-Palacios, entre otros. González-Palacios, entonces joven poeta, hoy renombrado crítico de arte, partió de Cuba a Italia en 1958, no ha vuelto a la Isla desde entonces y es autor, por su parte, de una excelente autobiografía escrita originalmente en italiano (Le Tre Età, Milán, Longanesi, 1999) en que relata vivamente los años de formación en la Cuba de los 50. Graziella Pogolotti, como es sabido, permaneció en Cuba y ha ocupado posiciones destacadas dentro de los círculos oficiales de la cultura en La Habana. Tanto Pogolotti como Fernández Retamar aparecen entre los firmantes de una declaración de los intelectuales cubanos en apoyo de los fusilamientos y encarcelamientos recientes en Cuba. Rodríguez-Luis escribe: “Desde mi última estancia en La Habana, sin embargo, me temo que mi posición respecto a lo que allí sucede, me separa, inevitablemente, de algunos amigos que aún viven en Cuba. Ojalá que no sea así para siempre, y que en los años que nos queden de vida a todos, haya todavía tiempo para reanudar aquel diálogo tan intenso que llevamos, y de cuyos ecos todavía vivo en gran medida, no obstante las décadas que han pasado, no obstante lo difícil que ha sido restablecerlo durante mis breves estadías en La Habana” (pp. 19-20).
El autor se apresura a aclarar, en el prólogo, que no se considera un experto en Cuba: “he tenido”, señala, “que escribir sobre ella estas páginas donde trato de explicar, para entenderlo yo mismo, su pasado, el pasado que la ha conducido a este presente sin futuro”, y se refiere a su libro como “una suerte de ensayo, ensayo donde la memoria es la que domina el discurso... un texto cuya divisa es la digresión motivada por la memoria”. Quien esto escribe, estudioso también de la historia y del proceso político cubanos, considera este libro una feliz variación entre los múltiples títulos sobre Cuba publicados durante todos estos años y que continúan apareciendo estos días, en que el autor generalmente se nos presenta como “experto”, como testigo excepcional de los hechos, como analista político cum laude, o como historiador o filósofo reciénvenido, pero quien, sin embargo, suele tener su agenda y enfoque peculiares que convierten el análisis en alegato, el estudio en panfleto, y la disquisición en diatriba. Memoria de Cuba no es eso. Es, por el contrario, un testimonio personal, sí, pero al mismo tiempo también es una meditación austera a la vez que una indagación minuciosa de las características del proceso político cubano en el marco de un relato mesurado de los hechos, sin pretensiones de sentar cátedra ni, mucho menos, de decir la última palabra sobre la realidad política y social de Cuba.
El texto original de la Memoria, nos dice el autor, fue escrito en 1997 y puesto al día posteriormente. Después de relatar sus experiencias en La Habana, en sus días de estudiante universitario, en los primeros años de la resistencia y oposición al régimen de Fulgencio Batista, así como su impresión inicial del movimiento insurreccionista que dirigía Fidel Castro, hasta su partida en 1958 a Puerto Rico motivada principalmente por la clausura de la Universidad de la Habana, Rodríguez-Luis nos ofrece una minuciosa reflexión “sobre la sociedad cubana en relación con la transformación que la Revolución ha operado sobre ella” (más adelante, muy acertadamente, prefiere el término “régimen” al de “revolución” al referirse a la gestión castrista en Cuba). Esta reflexión, acompañada de sus observaciones en viajes o visitas a Cuba en el verano de 1960, en 1981 y 1993 (recogidas entonces en sendos diarios que llevara durante estas visitas y reproducidas en este libro, según el autor, con sólo los necesarios cambios editoriales), en 1998 y 2000 (en forma de “posdatas”), es una reflexión sostenida a lo largo de esta Memoria que a veces toma el carácter de una imagen de Cuba o a veces hace un poco de historia pero que siempre revela al cubano, al habanero preocupado por la isla en general, por los efectos del sistema sobre el país, y, en particular, el deterioro urbano sufrido en los últimos cuarenta y tantos años, excepto que en este caso se trata además de un espíritu alerta, un intelectual consciente de los abusos de poder y los enormes errores cometidos durante este largo proceso por el régimen castrista que han resultado en el empobrecimiento y la fragmentación de la sociedad cubana.
Rodríguez-Luis logra, en una prosa limpia y elegante, presentar sus ideas y observaciones del proceso histórico cubano que cubren desde la política de España hacia Cuba del siglo XIX, el anexionismo, el movimiento autonomista, y la intervención de Estados Unidos en la guerra por la independencia de los cubanos contra España, hasta la dependencia política de la nación, a partir de 1898, de Estados Unidos, las revoluciones contra Machado y Batista, el papel de la burguesía y los intelectuales en aquel proceso, el exilio, el régimen castrista, el estado de los edificios coloniales de La Habana, la prostitución, el bloqueo o embargo económico de Cuba por Estados Unidos, la situación actual de Cuba y sus perspectivas. Así, escribe:
“En el siglo XIX, antes de la Guerra de Secesión o Civil (1860-1865), la Unión norteamericana intentó varias veces comprarle Cuba a España [...] La posibilidad de formar parte de Estados Unidos atraía a muchos cubanos, de modo que el “anexionismo”, como se llamó esa corriente política, tuvo importantes adeptos y hasta provocó inclusive un intento de llevarlo a cabo por la vía de las armas en 1848 [...] El proyecto anexionista perdió importancia después de la primera guerra de independencia (1868-1878), durante el curso de la cual parece que algunos de los que oficialmente laboraban por la causa independentista, secretamente lo hacían por la anexionista. Estados Unidos, de cualquier modo, dejó de tratar de comprar a Cuba, noción que no iba ya con los tiempos que corrían, pero no abandonó la aspiración de anexionarla de algún modo. Ese deseo se fue haciendo cada vez más urgente a medida que la Unión norteamericana iba definiendo sus aspiraciones imperiales respecto a Latinoamérica [...] en 1898, tras arreglárselas para intervenir en la guerra por la independencia de los cubanos contra España, [Estados Unidos] pudo finalmente ocupar la isla, y aunque no llegó a anexársela, como hizo con Puerto Rico, ejerció sobre ella una suerte de protectorado más o menos distante hasta 1959”. (pp. 78-80)
Y agrega:
“He pensado a veces —quizá porque me eduqué, no obstante descender de cubanos por parte de ambos padres, dentro de cierta admiración por todo lo español— que si la primera metrópoli de mi patria hubiese tenido la suficiente inteligencia política para alentar el movimiento autonomista que floreció en Cuba entre las dos guerras por la independencia —de 1880, aproximadamente, hasta el 95—, y que aspiraba a establecer un régimen autonómico respecto a España en la isla: que si España, en fin, le hubiese concedido la autonomía a su principal colonia [...] otro habría sido el destino no sólo de Cuba, sino también de España, donde se hubiesen evitado los efectos del “desastre”, como se llamó a la guerra del 98, y hasta de Estados Unidos, cuya ambición imperial habría sido frenada”... (p. 82)
Rodríguez-Luis se detiene a analizar con notable acierto, aunque en términos decididamente polémicos, los primeros años republicanos, la inestabilidad de los primeros gobiernos, las intervenciones de Washington, la corrupción y falsificación democrática que caracterizaron a los regímenes que culminaran en la dictadura de Machado. Destaca, también certeramente, el papel de la burguesía, los intelectuales y los estudiantes en la revolución popular que consiguiera derrocar la dictadura en 1933. Escribe: “las ideas políticas de la pequeña burguesía cubana no estaban ni lo estarían nunca tan desarrolladas como lo estaban las de los intelectuales... que ya desde la década anterior, a través de la Revista de Avance, se habían manifestado contra los males del país. Aún más definida se hallaba la conciencia política de los jóvenes revolucionarios, líderes estudiantiles todos ellos, que aspiraban a encauzar la nación por una vía de reformas radicales” (p. 111). Precisamente, son los ex-estudiantes que se rebelaran contra Machado quienes heredan el poder político a la partida de Batista en 1944, pero “de ese grupo ya no quedaban vivos los más idealistas, y si acaso no era así, la mayor parte de los idealistas que no habían muerto, no tardaron en convertirse en oportunistas de la peor calaña, cuya sola aspiración parecía ser la de enriquecerse a costa de la nación” (p. 112). También la revolución que en 1959 pusiera fin a la dictadura de Batista fue “inicialmente, y por más que no fuese esa la ideología de sus líderes, una revolución burguesa” que sólo posteriormente y desde el poder “fue ganando en radicalismo a un ritmo cada vez más vertiginoso” hasta culminar en la instauración de un régimen socialista (pp. 122-123).
Sobre la situación actual de Cuba se expresa así:
“Para mí, la situación actual de Cuba representa el tercer y seguramente definitivo fracaso (“a la tercera va la vencida”, dice el proverbio) del esfuerzo por hacer de Cuba un país a la altura de su potencial social y económico, un estado democrático independiente políticamente, capaz de proveer a sus ciudadanos con los elementos básicos para desarrollar sus ambiciones, respetuoso de los derechos civiles, próspero, educado, moderno [...] Esa era la aspiración de Martí [...] y fue también la aspiración de los revolucionarios de 1933, y la de quienes lucharon contra la dictadura de Batista [...] De esos tres esfuerzos sólo queda ahora su esqueleto corroído por la sal del Estrecho de la Florida, en una Habana jinetera cada vez más dependiente de Estados Unidos”. (p. 158)
Un amigo le esboza “una especie de teoría sobre las aspiraciones aplazadas de varias generaciones de cubanos: las de los separatistas de 1868 y de 1895, las de los revolucionarios de 1933, y, por fin, las de quienes, como él mismo, participaron en la lucha contra Batista y se pusieron en el 59 a la tarea de construir una Cuba mejor, sólo para ver ese proyecto fracasar. Su hija, nacida ya bajo el régimen socialista, ha tenido también que ir renunciando progresivamente a muchas de sus aspiraciones. El caso de su nieta, cree mi amigo, será diferente; por un lado porque de los miembros de su generación ya nadie cree en los lemas que siguen emitiendo los gobernantes cubanos y que todavía adornan, aunque con frecuencia decreciente, vallas y paredes (“Venceremos”, “Socialismo o muerte”), ya nadie acepta que hay que aguardar el triunfo universal del socialismo para tener una vida mejor. Pero también porque, dominando como dominan la informática y el acceso a su través al mundo exterior y a la modernidad, esos jóvenes no van a permitir la prolongación de un régimen obsoleto e inútil en el mundo presente”. Rodríguez-Luis no parece compartir el optimismo de su amigo:
“Ojalá sea así, me digo, ojalá fuera así. Pero, más pesimista que mi amigo, pienso que lo más probable es que esa última generación de cubanos de la que me habla, en lo que empleará su dominio del internet y otros productos de la postmodernidad es en escapar de la isla-prisión, no sólo espiritual, sino físicamente. Isla a la deriva, globo a la deriva —como me la describía Lezama en una ocasión—, Cuba quedará, a la postre, habitada solamente, junto con los ideólogos que la explotan sin creer en las consignas que aún repiten, por cuantos no han logrado huir de ella todavía”. (p. 174)
En suma, esta Memoria de Cuba es una urgente invitación al estudio y la investigación del proceso político y la historia reciente del país, particularmente en el contexto de la reconstrucción (o, más aún, de la regeneración) de la nación cubana de que tanto se habla estos días, y a la discusión inteligente y desapasionada de su pasado, el pasado que, según Rodríguez-Luis, la ha conducido a este presente sin futuro.
Miami Beach, octubre de 2003
Memoria de Cuba
Ediciones Universal,
Miami, 2001. 182 pp.
Julio Rodríguez-Luis es un escritor, hispanista y catedrático cubano que ha enseñado en varias universidades norteamericanas y al presente reside en Madrid. Ha publicado libros sobre Cervantes, Borges, Cortázar, la novela indigenista, la narrativa documental, literatura hispanoamericana moderna y contemporánea, incluyendo las de Cuba y Puerto Rico, y editado o coeditado otros sobre poesía negra, la novela picaresca, Martí y la literatura del Caribe hispánico. También ha editado las Novelas Ejemplares y tres novelas de Fernán Caballero. Salió de Cuba en 1958 a proseguir sus estudios universitarios en Puerto Rico, y ha permanecido en el exterior desde entonces aunque ha realizado algunos viajes a Cuba a través de los años porque, como dice, “Cuba continúa preocupándome, continúa doliéndome.” De ahí esta Memoria de Cuba que es no sólo una excelente crónica de los años 50 en La Habana, escrita desde el punto de vista del joven intelectual y estudiante que era él entonces, sino que cubre asimismo el proceso de los últimos cuarenta y tantos años basado, principalmente, en sus agudas observaciones e investigaciones de la realidad cubana tanto durante sus visitas a la Isla como desde el exterior.
Perteneció, entre 1955 y 1958, al grupo de la revista Ciclón, escribiendo artículos y reseñas de libros y filmes, en tanto que cursaba estudios de Derecho y de Filosofía y Letras en la Universidad de la Habana hasta su clausura en diciembre de 1956. Conoció a Roberto Fernández Retamar, como estudiante suyo en el Instituto Edison y luego en la Universidad; también en la Universidad y, particularmente, en un célebre curso sobre cine que daba José Manuel Valdés Rodríguez en la Escuela de Verano, conoció a otros jóvenes con quienes compartía inquietudes intelectuales, como Graziella Pogolotti y Alvar González-Palacios, entre otros. González-Palacios, entonces joven poeta, hoy renombrado crítico de arte, partió de Cuba a Italia en 1958, no ha vuelto a la Isla desde entonces y es autor, por su parte, de una excelente autobiografía escrita originalmente en italiano (Le Tre Età, Milán, Longanesi, 1999) en que relata vivamente los años de formación en la Cuba de los 50. Graziella Pogolotti, como es sabido, permaneció en Cuba y ha ocupado posiciones destacadas dentro de los círculos oficiales de la cultura en La Habana. Tanto Pogolotti como Fernández Retamar aparecen entre los firmantes de una declaración de los intelectuales cubanos en apoyo de los fusilamientos y encarcelamientos recientes en Cuba. Rodríguez-Luis escribe: “Desde mi última estancia en La Habana, sin embargo, me temo que mi posición respecto a lo que allí sucede, me separa, inevitablemente, de algunos amigos que aún viven en Cuba. Ojalá que no sea así para siempre, y que en los años que nos queden de vida a todos, haya todavía tiempo para reanudar aquel diálogo tan intenso que llevamos, y de cuyos ecos todavía vivo en gran medida, no obstante las décadas que han pasado, no obstante lo difícil que ha sido restablecerlo durante mis breves estadías en La Habana” (pp. 19-20).
El autor se apresura a aclarar, en el prólogo, que no se considera un experto en Cuba: “he tenido”, señala, “que escribir sobre ella estas páginas donde trato de explicar, para entenderlo yo mismo, su pasado, el pasado que la ha conducido a este presente sin futuro”, y se refiere a su libro como “una suerte de ensayo, ensayo donde la memoria es la que domina el discurso... un texto cuya divisa es la digresión motivada por la memoria”. Quien esto escribe, estudioso también de la historia y del proceso político cubanos, considera este libro una feliz variación entre los múltiples títulos sobre Cuba publicados durante todos estos años y que continúan apareciendo estos días, en que el autor generalmente se nos presenta como “experto”, como testigo excepcional de los hechos, como analista político cum laude, o como historiador o filósofo reciénvenido, pero quien, sin embargo, suele tener su agenda y enfoque peculiares que convierten el análisis en alegato, el estudio en panfleto, y la disquisición en diatriba. Memoria de Cuba no es eso. Es, por el contrario, un testimonio personal, sí, pero al mismo tiempo también es una meditación austera a la vez que una indagación minuciosa de las características del proceso político cubano en el marco de un relato mesurado de los hechos, sin pretensiones de sentar cátedra ni, mucho menos, de decir la última palabra sobre la realidad política y social de Cuba.
El texto original de la Memoria, nos dice el autor, fue escrito en 1997 y puesto al día posteriormente. Después de relatar sus experiencias en La Habana, en sus días de estudiante universitario, en los primeros años de la resistencia y oposición al régimen de Fulgencio Batista, así como su impresión inicial del movimiento insurreccionista que dirigía Fidel Castro, hasta su partida en 1958 a Puerto Rico motivada principalmente por la clausura de la Universidad de la Habana, Rodríguez-Luis nos ofrece una minuciosa reflexión “sobre la sociedad cubana en relación con la transformación que la Revolución ha operado sobre ella” (más adelante, muy acertadamente, prefiere el término “régimen” al de “revolución” al referirse a la gestión castrista en Cuba). Esta reflexión, acompañada de sus observaciones en viajes o visitas a Cuba en el verano de 1960, en 1981 y 1993 (recogidas entonces en sendos diarios que llevara durante estas visitas y reproducidas en este libro, según el autor, con sólo los necesarios cambios editoriales), en 1998 y 2000 (en forma de “posdatas”), es una reflexión sostenida a lo largo de esta Memoria que a veces toma el carácter de una imagen de Cuba o a veces hace un poco de historia pero que siempre revela al cubano, al habanero preocupado por la isla en general, por los efectos del sistema sobre el país, y, en particular, el deterioro urbano sufrido en los últimos cuarenta y tantos años, excepto que en este caso se trata además de un espíritu alerta, un intelectual consciente de los abusos de poder y los enormes errores cometidos durante este largo proceso por el régimen castrista que han resultado en el empobrecimiento y la fragmentación de la sociedad cubana.
Rodríguez-Luis logra, en una prosa limpia y elegante, presentar sus ideas y observaciones del proceso histórico cubano que cubren desde la política de España hacia Cuba del siglo XIX, el anexionismo, el movimiento autonomista, y la intervención de Estados Unidos en la guerra por la independencia de los cubanos contra España, hasta la dependencia política de la nación, a partir de 1898, de Estados Unidos, las revoluciones contra Machado y Batista, el papel de la burguesía y los intelectuales en aquel proceso, el exilio, el régimen castrista, el estado de los edificios coloniales de La Habana, la prostitución, el bloqueo o embargo económico de Cuba por Estados Unidos, la situación actual de Cuba y sus perspectivas. Así, escribe:
“En el siglo XIX, antes de la Guerra de Secesión o Civil (1860-1865), la Unión norteamericana intentó varias veces comprarle Cuba a España [...] La posibilidad de formar parte de Estados Unidos atraía a muchos cubanos, de modo que el “anexionismo”, como se llamó esa corriente política, tuvo importantes adeptos y hasta provocó inclusive un intento de llevarlo a cabo por la vía de las armas en 1848 [...] El proyecto anexionista perdió importancia después de la primera guerra de independencia (1868-1878), durante el curso de la cual parece que algunos de los que oficialmente laboraban por la causa independentista, secretamente lo hacían por la anexionista. Estados Unidos, de cualquier modo, dejó de tratar de comprar a Cuba, noción que no iba ya con los tiempos que corrían, pero no abandonó la aspiración de anexionarla de algún modo. Ese deseo se fue haciendo cada vez más urgente a medida que la Unión norteamericana iba definiendo sus aspiraciones imperiales respecto a Latinoamérica [...] en 1898, tras arreglárselas para intervenir en la guerra por la independencia de los cubanos contra España, [Estados Unidos] pudo finalmente ocupar la isla, y aunque no llegó a anexársela, como hizo con Puerto Rico, ejerció sobre ella una suerte de protectorado más o menos distante hasta 1959”. (pp. 78-80)
Y agrega:
“He pensado a veces —quizá porque me eduqué, no obstante descender de cubanos por parte de ambos padres, dentro de cierta admiración por todo lo español— que si la primera metrópoli de mi patria hubiese tenido la suficiente inteligencia política para alentar el movimiento autonomista que floreció en Cuba entre las dos guerras por la independencia —de 1880, aproximadamente, hasta el 95—, y que aspiraba a establecer un régimen autonómico respecto a España en la isla: que si España, en fin, le hubiese concedido la autonomía a su principal colonia [...] otro habría sido el destino no sólo de Cuba, sino también de España, donde se hubiesen evitado los efectos del “desastre”, como se llamó a la guerra del 98, y hasta de Estados Unidos, cuya ambición imperial habría sido frenada”... (p. 82)
Rodríguez-Luis se detiene a analizar con notable acierto, aunque en términos decididamente polémicos, los primeros años republicanos, la inestabilidad de los primeros gobiernos, las intervenciones de Washington, la corrupción y falsificación democrática que caracterizaron a los regímenes que culminaran en la dictadura de Machado. Destaca, también certeramente, el papel de la burguesía, los intelectuales y los estudiantes en la revolución popular que consiguiera derrocar la dictadura en 1933. Escribe: “las ideas políticas de la pequeña burguesía cubana no estaban ni lo estarían nunca tan desarrolladas como lo estaban las de los intelectuales... que ya desde la década anterior, a través de la Revista de Avance, se habían manifestado contra los males del país. Aún más definida se hallaba la conciencia política de los jóvenes revolucionarios, líderes estudiantiles todos ellos, que aspiraban a encauzar la nación por una vía de reformas radicales” (p. 111). Precisamente, son los ex-estudiantes que se rebelaran contra Machado quienes heredan el poder político a la partida de Batista en 1944, pero “de ese grupo ya no quedaban vivos los más idealistas, y si acaso no era así, la mayor parte de los idealistas que no habían muerto, no tardaron en convertirse en oportunistas de la peor calaña, cuya sola aspiración parecía ser la de enriquecerse a costa de la nación” (p. 112). También la revolución que en 1959 pusiera fin a la dictadura de Batista fue “inicialmente, y por más que no fuese esa la ideología de sus líderes, una revolución burguesa” que sólo posteriormente y desde el poder “fue ganando en radicalismo a un ritmo cada vez más vertiginoso” hasta culminar en la instauración de un régimen socialista (pp. 122-123).
Sobre la situación actual de Cuba se expresa así:
“Para mí, la situación actual de Cuba representa el tercer y seguramente definitivo fracaso (“a la tercera va la vencida”, dice el proverbio) del esfuerzo por hacer de Cuba un país a la altura de su potencial social y económico, un estado democrático independiente políticamente, capaz de proveer a sus ciudadanos con los elementos básicos para desarrollar sus ambiciones, respetuoso de los derechos civiles, próspero, educado, moderno [...] Esa era la aspiración de Martí [...] y fue también la aspiración de los revolucionarios de 1933, y la de quienes lucharon contra la dictadura de Batista [...] De esos tres esfuerzos sólo queda ahora su esqueleto corroído por la sal del Estrecho de la Florida, en una Habana jinetera cada vez más dependiente de Estados Unidos”. (p. 158)
Un amigo le esboza “una especie de teoría sobre las aspiraciones aplazadas de varias generaciones de cubanos: las de los separatistas de 1868 y de 1895, las de los revolucionarios de 1933, y, por fin, las de quienes, como él mismo, participaron en la lucha contra Batista y se pusieron en el 59 a la tarea de construir una Cuba mejor, sólo para ver ese proyecto fracasar. Su hija, nacida ya bajo el régimen socialista, ha tenido también que ir renunciando progresivamente a muchas de sus aspiraciones. El caso de su nieta, cree mi amigo, será diferente; por un lado porque de los miembros de su generación ya nadie cree en los lemas que siguen emitiendo los gobernantes cubanos y que todavía adornan, aunque con frecuencia decreciente, vallas y paredes (“Venceremos”, “Socialismo o muerte”), ya nadie acepta que hay que aguardar el triunfo universal del socialismo para tener una vida mejor. Pero también porque, dominando como dominan la informática y el acceso a su través al mundo exterior y a la modernidad, esos jóvenes no van a permitir la prolongación de un régimen obsoleto e inútil en el mundo presente”. Rodríguez-Luis no parece compartir el optimismo de su amigo:
“Ojalá sea así, me digo, ojalá fuera así. Pero, más pesimista que mi amigo, pienso que lo más probable es que esa última generación de cubanos de la que me habla, en lo que empleará su dominio del internet y otros productos de la postmodernidad es en escapar de la isla-prisión, no sólo espiritual, sino físicamente. Isla a la deriva, globo a la deriva —como me la describía Lezama en una ocasión—, Cuba quedará, a la postre, habitada solamente, junto con los ideólogos que la explotan sin creer en las consignas que aún repiten, por cuantos no han logrado huir de ella todavía”. (p. 174)
En suma, esta Memoria de Cuba es una urgente invitación al estudio y la investigación del proceso político y la historia reciente del país, particularmente en el contexto de la reconstrucción (o, más aún, de la regeneración) de la nación cubana de que tanto se habla estos días, y a la discusión inteligente y desapasionada de su pasado, el pasado que, según Rodríguez-Luis, la ha conducido a este presente sin futuro.
Miami Beach, octubre de 2003
