Cintio Vitier y la reinvención de Orígenes
En su deseo de ganar aceptación, él había simplificado su figura para corresponder a los deseos del Partido. Un compromiso llevó a un segundo y a un tercero hasta que, aun cuando todo cuanto uno dice puede ser perfectamente lógico, no tiene nada en común con la carne y la sangre de la gente viva. Esta es la otra cara de la moneda de la dialéctica. Este es el precio que uno paga por el confort mental que la dialéctica provee. En torno a Alfa vivían y continúan viviendo muchos trabajadores y campesinos cuyas palabras son inefectivas, pero al final la voz interior que ellos oyen no es diferente del comando subjetivo que cierra los labios de los escritores y demanda o todo o nada. Quién sabe, probablemente algún campesino desconocido o empleado menor de correos debe ser situado a mayor altura en la jerarquía de aquellos que sirven a la humanidad que Alfa, el Moralista.
Czeslaw Milosz: “Alpha, the Moralist”, The Captive Mind (1953), Vintage Books, New York, 1990.
(Traducción del autor.)
Czeslaw Milosz: “Alpha, the Moralist”, The Captive Mind (1953), Vintage Books, New York, 1990.
(Traducción del autor.)
No cabe duda que la aparición en La Habana de la revista Orígenes en 1944 y su persistencia a través de cuarenta números hasta 1956 constituyen, de hecho, algo no sólo insólito sino aun extraordinario en la historia de las letras en Cuba. Durante esos doce años de proyecto republicano pero también de revulsión política y agitación social en Cuba, en que el proceso democrático que se iniciara en 1940 habría de degenerar en cataclismo civil y corrupción pública absoluta, no hubo apenas lugar para menesteres de la cultura, en general, ni mucho menos para empeños tales como, en particular, la mera publicación de una revista de arte y literatura. No faltaron, es cierto, las actividades culturales auspiciadas por organismos oficiales así como por instituciones privadas, pero las aventuras intelectuales legítimas, tales como la edición de las obras de los escritores independientes o la publicación de una revista literaria que se apartara de los cánones de la cultura oficial, si no eran de hecho imposibles estaban de por sí condenadas al fracaso casi inmediato. De ahí que la hazaña de Orígenes merezca el reconocimiento y la celebración unánimes de quienes vivimos siquiera en parte aquel período tan decepcionante del proceso republicano en Cuba. En realidad, la crisis de la "alta cultura" en Cuba de que escribiera Jorge Mañach en 1927 fue más bien una crisis de la cultura cubana en todas sus manifestaciones que, como podemos apreciar desde el presente, habría de extenderse apenas sin interrupción hasta nuestros días. (Es verdad que a partir de 1959, con el advenimiento de la revolución, se produce un breve hiato en que toman un cierto auge las actividades de tipo cultural, pero muy pronto los intelectuales y los artistas o se marchan al exilio en reacción a los excesos y las demandas de un régimen que exige el conformismo unánime con sus dictados o, al permanecer en la isla, se someten al aparato de la cultura oficial o, de lo contrario, son acosados, perseguidos o, en el mejor de los casos, condenados al ostracismo.) Así, pues, los méritos de Orígenes residen sobre todo en su capacidad de sobrevivir en aquel ámbito tan inhóspito; tampoco podemos negar, por supuesto, su alta calidad como revista de arte y literatura. Porque si bien Orígenes se mantiene al margen de toda preocupación política o social en Cuba en tanto que erige sus intrincadas estructuras en que sólo cierto arte y cierta poesía tienen cabida (de acuerdo con el parecer absoluto de José Lezama Lima), es indudable que llega a alcanzar prominencia notable entre las mejores publicaciones latinoamericanas en su clase. A las colaboraciones de autores extranjeros tales como Wallace Stevens, T. S. Eliot, Virginia Woolf, William Carlos Williams, Stephen Spender, George Santayana, Albert Camus, Louis Aragon, Saint John Perse, entre otros, obtenidas así como traducidas casi siempre por José Rodríguez Feo, y de los españoles Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, y Jorge Guillén, se unen las ilustraciones de los mejores pintores cubanos como Víctor Manuel, Lam, Portocarrero, Mariano Rodríguez, Cundo Bermúdez (con las notables excepciones de Carlos Enríquez y Fidelio Ponce, a quienes Lezama nunca dio entrada en las páginas de Orígenes); es, sin embargo, en la poesía cubana que aparece en la revista que Lezama se revela en su máxima capacidad de árbitro supremo al solicitar y aceptar solamente las colaboraciones de sus adeptos y protegidos de turno. A la poesía de Lezama mismo, por supuesto, y a las de Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García Marruz y Angel Gaztelu, que no siempre fueran de la calidad casi antológica que el mismo Vitier les confiriera en sus asiduas "críticas" (las que a su vez fueran convenientemente divulgadas por las Ediciones Orígenes), hay que agregar la de algunos jóvenes colaboradores ocasionales —tales como Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Cleva Solís, Carlos M. Luis— quienes, como requisito previo a su inclusión en el parnaso lezamiano, tenían que pasar las pruebas de adhesión total al Maestro. Por otra parte, entre los poetas originalmente incluidos por Vitier en su libro Diez poetas cubanos —los que, de hecho, habrían de ser para siempre identificados con Orígenes— Gastón Baquero y Virgilio Piñera, quienes con Lezama son los poetas más notables de aquel momento, pronto abandonan el cónclave presidido por Lezama.
Reevaluación de Orígenes
Ya en 1955 José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera lanzan la revista Ciclón, la que representa un rompimiento total con Orígenes, según esta declaración en su primero número: "Ciclón borra a Orígenes —que es actualmente peso muerto— de un golpe. En cuanto al grupo, no hay que repetirlo, hace tiempo que, al igual que los hijos de Saturno, fue devorado por su propio padre." (Años más tarde, el origenista Lorenzo García Vega observaría: "Hubo un ciclón, y Lezama no comprendió. Quizás ya no volvió a comprender más".) Ciclón también rompe con ciertas tendencias preconizadas por Lezama Lima (el pensamiento teológico medieval, el barroco español, el "trascendentalismo", el catolicismo tomista, el hermetismo en la expresión poética, la afectación y el preciosismo literarios). Mas no es sino hasta después de los acontecimientos del año 1959 que se produce una más seria reevaluación de Orígenes. Permanecen en Cuba Lezama, Vitier, Diego, García Marruz. Un nuevo magazine literario, Lunes de Revolución, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, en que Virgilio Piñera colaborara asiduamente (así como José A. Baragaño, Heberto Padilla y Antón Arrufat, entre otros escritores jóvenes, quienes siempre mantuvieran una actitud crítica ante Orígenes), se sitúa tanto políticamente como en su visión del arte y la literatura en las antípodas de Orígenes y de Lezama Lima. Lorenzo García Vega, el más joven de los Diez poetas cubanos y temprano discípulo de Lezama, publica en 1978, ya en el exilio, Los años de Orígenes, libro en que registra su decepción con aquel proceso en general, y con Lezama en particular. García Vega escribe: "Orígenes no sólo había significado, para nosotros, un esfuerzo para alcanzar una renovación en la vida intelectual del país, sino, más que nada, una lucha por la regeneración espiritual de nuestra circunstancia... Lezama, Orígenes, fue, debió ser, la expresión de una revolución", pero "los origenistas metieron la cabeza debajo de la arena, por lo que cuando la revolución dejó de ser revolución, cuando la revolución, que ya no era revolución, se convirtió en repetición —repetición, perversidad—, algunos origenistas dijeron haberse convertido al castrismo". Y así "resultó que Cintio Vitier, Eliseo Diego, han soñado al castrismo cuando ya nadie sueña al castrismo", y "los que soñamos el espejismo de una Revolución Cubana sabemos que sólo ha quedado lo estúpido de una playa albina [así llama García Vega al exilio de Miami], o el sistema carcelario del castrismo". También Carlos M. Luis, quien publicara algún poema en Orígenes y se identificara personalmente con Lezama al que igualmente considera como su Maestro, intenta hacer desde el exilio un balance de la significación de aquel empeño en Tránsito de la mirada (1991) en el que, sin embargo, se muestra como hechizado todavía por la memoria del Magister Ludi. Posteriormente, en un artículo (Poetas de Enlace, Otoño de 1992) con motivo de la aparición de un libro de García Vega, Luis apunta que Orígenes "tuvo la inmensa tarea de echarse sobre sus espaldas no sólo el destino poético de la nación, sino de encararse a su desintegración ética", con el resultado en 1967 de la "conversión" a la revolución cubana ("como la continuidad de un camino 'de mayor realeza' que ya Lezama había anunciado en uno de sus escritos") de Vitier, García Marruz y Diego. A decir verdad, sin embargo, ni Orígenes se preocupó realmente por la "desintegración ética" del país, ni es posible hoy ignorar el papel de Vitier —y aun de Lezama— en el intento de re-escribir la historia de aquel proceso en busca de ganancia política.
García Vega señala que, durante los años de Orígenes, "los origenistas mantuvieron una lucha ejemplar contra el mezquino ambiente intelectual de nuestro país, y no pactaron con lo siniestro oficial de aquel momento de la vida cubana". Si esto es cierto no lo es menos que para los origenistas, según parece, la "lucha" consistió en ignorar totalmente la realidad cubana y en situarse al margen del acontecer político del país ("Hubo la conciencia, y la vocación, de la marginalidad", según el propio García Vega). Ya en 1949 Lezama, en célebre polémica con Jorge Mañach, había apuntado cómo el espíritu revolucionario de la generación de la Revista de Avance y del minorismo se había disipado eventualmente, para terminar acusándoles públicamente —con la afectación y alarde de refinamiento literario que le caracterizaban— de haber cambiado "la fede por la sede" (en sibilina expresión cuyo sentido, por supuesto, habría de escapar a la mayoría de los lectores de la popular revista Bohemia en que apareciera el artículo). Pero esto es, precisamente, lo que ocurre con los origenistas en la era del castrismo. Orígenes no sólo contribuyó abundantemente, durante su precaria existencia, a la crisis profunda de la cultura en Cuba —en medio de la aún más grave crisis política que padeciera entonces y que sigue padeciendo hoy nuestra desgraciada nación— en virtud de su carácter elitista, firmemente instalada en la marginalidad por elección de sus máximos teóricos fundamentalistas, léase Vitier y Lezama, sino que luego, en el momento más crítico de nuestra historia, con el advenimiento de la revolución, es cuando “origenistas” como el propio Lezama, Vitier y Diego, así como Pablo Armando Fernández y Roberto Fernández Retamar, entre otros, “descubren” sus oscuras y recónditas razones para abrazar la revolución como el largamente esperado renacimiento de la virtud y la ética civiles, algo que el mismo Vitier habría de relatar más tarde en sus múltiples y laboriosos intentos de explicar aquella extraña y súbita conversión política. Toca entonces a aquella clase selecta de intelectuales otrora no-comprometidos el cambiar, a su vez, la fede por la sede.
Así, pues, como si no fuera lo suficientemente trágico el que Orígenes —y los poetas y escritores que participaran en aquel proyecto: al menos tres promociones, la de Lezama y Gaztelu, la de Vitier y Diego, y la de los poetas más jóvenes en aquel momento como Roberto Fernández Retamar y Pablo Armando Fernández—, en ilustración poderosa del inoperante papel que los intelectuales desempeñaran en la Cuba republicana, ignorara —ignoraran— la grave crisis política, social y, por supuesto, cultural por que atravesara el país; como si esto, digo, no fuera lo suficientemente trágico para la nación, ocurre que con el vuelco institucional que tiene lugar a partir de 1959 en que el poder cultural pasa en pocos años a las manos de meros funcionarios interesados solamente en sobrevivir y en publicar a toda costa sus pobres engendros literarios, se desata una campaña para encubrir y, al mismo tiempo, redefinir la actuación (¿inacción, más bien?) de la revista y del grupo que alrededor de ella había vegetado indolentemente por tantos años.
Antonio José Ponte, en El libro perdido de los origenistas (Editorial Aldus, México, 2002), relata cómo Cintio Vitier se dedicara por mucho tiempo a “allanar el camino para el perdón gubernamental” y a componer “una historia origenista que pasaba a pie danzante sobre los años de castigo y que llegaba a relacionar la obra de los escritores de Orígenes con la Revolución de 1959”. Los “años de castigo” son los que sufrieran Lezama y Virgilio Piñera hasta la muerte —o aun más allá de la muerte— de ambos, y aun el propio Vitier por algún tiempo, que habrían de culminar, sin embargo, en 1993 con el nombramiento oficial de Vitier como diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular... “La asamblea de militantes comunistas ofrece escaño al católico practicante como premio a sus intensas búsquedas de coartadas políticas en Martí, a sus esfuerzos por relacionar la labor del grupo Orígenes (y toda la historia intelectual de la nación) con la Revolución de 1959”. Y termina Ponte: “Así, varias décadas después del triunfo revolucionario y muertos Lezama y Piñera, Orígenes empezaba a formar parte del discurso con que la Revolución cubana de 1959 legitima su duración”... “Haber sido quien le diera forma al grupo Orígenes mediante antologías e historias, permitía a Vitier interpretar a gusto. Sobrevivir a Lezama le tendía patente. A sus setenta y un años, entre instantáneas de escritores del grupo, Cintio Vitier mayoreaba la fiesta”.
Para llegar a Orígenes
Lezama, por su parte, a pesar de sufrir algunos percances en sus relaciones con los árbitros de la cultura oficial en Cuba, permaneció en Cuba hasta su muerte en 1976. Así, en 1966 ve publicada su novela Paradiso, en tanto que con la colaboración siempre entusiasta de Cintio Vitier trata de reconstruir la trayectoria y redefinir la significación de Orígenes en la historia de las letras cubanas dándole un carácter cripto-revolucionario que en realidad nunca tuvo. En 1968 Lezama dedica notas laudatorias a la revolución ("El 26 de julio: imagen y posibilidad") y a uno de sus líderes más destacados ("Ernesto Guevara: comandante nuestro") en La Gaceta de Cuba y en Casa de las Américas, respectivamente. En 1970 escribe que “la Revolución cubana no es otra cosa que la creación del verídico estado cubano”. Y, en entrevista con Jean-Michel Fossey, Lezama se apresura a señalar con orgullo que los poetas que después ocuparían "lugares distinguidos y de calidad en las filas de la revolución" —y cita a Fayad Jamis, Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes, Pedro de Oráa, Pablo Armando Fernández— se habían dado a conocer en Orígenes. Pero, claramente, Lezama no es adepto en la falsificación de credenciales político-revolucionarias, como sí lo fuera entonces y siempre Cintio Vitier.
En 1971 Vitier escribe un ensayo introductorio a las obras completas de Lezama publicadas en 1975 en que minuciosamente destaca las casi imperceptibles referencias más o menos críticas a la realidad cubana que aparecieran a través de los años en Orígenes. Luego, en entrevista con Enrico Mario Santí en La Habana en 1979, en la que también participaran Eliseo Diego, Fina García Marruz y Angel Gaztelu, Vitier pone extremado cuidado y esmero en señalar momentos estelares de Orígenes tales como una críptica referencia editorial a "las cúpulas de los nuevos actos nacientes" en 1953, año del asalto al Cuartel Moncada; o el que el último número de Orígenes apareciera el año en que iba a producirse el desembarco del Granma, algo, según Vitier, altamente significativo. Vitier, quien no pierde una oportunidad de avanzar sus propias causas como lo hiciera por muchos años al erigirse en exégeta máximo del origenismo, echa mano de María Zambrano para sugerir que Orígenes y, en particular, los poetas por él incluidos en su antología Diez poetas cubanos pueden y deben ser vistos "en 1948 como el anuncio, sin ningún propósito explícito ni temático, de un país que va a nacer a la historia"; porque "es verdad que Cuba, antes de la revolución, vive en un estado... 'pre-natal'. Eso me parece” —concluye Vitier— “una asombrosa intuición de María Zambrano en 1948". Todo esto se fue haciendo más y más claro —otra vez según Vitier— en otro de sus libros, Lo cubano en la poesía (1957), y es, sin duda alguna, lo "que debe haber llevado a Roberto Fernández Retamar, en su libro La poesía contemporánea en Cuba (1954), a calificar de 'trascendentalismo' al grupo Orígenes". En aquel coloquio de 1979 con Enrico Mario Santí, Vitier y Diego, después de señalar que Lezama piensa la historia a través de la poesía, terminan haciendo una apología de la visión origenista de la poesía como método de conocimiento, en lo que, según Diego, no se apartaban mucho de la concepción marxista de la poesía. Así se inventa la leyenda de la conciencia histórica y la misión política de Orígenes —y, por ende, de los origenistas o, al menos, de ciertos origenistas.
Vitier, en efecto, dedica años de investigación minuciosa y relectura asidua de cartas y oscuros textos de Lezama y propios en un esfuerzo calculado para documentar la trayectoria y visión revolucionarias de Orígenes que culminaran, naturalmente, en el supuesto entusiasmo de ambos, Lezama y Vitier, con el triunfo revolucionario de 1959. Así (“De las cartas que me escribió Lezama”, mayo de 1982, en Para llegar a Orígenes, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1994, de donde proceden todas las citas que siguen), escribe: ...”un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza” [Lezama: “Señales. La otra desintegración.” En Orígenes, 1949, no. 21, p. 61]: “es decir, nos permitimos aclarar, de ‘mayor realeza’ en relación con la aludida frustración, no con lo político en sí, ya que lo político se considera ‘esencial’, aunque frustrado, precisamente, por la ausencia de un proyecto nacional que sólo el rescate de la Revolución martiana podría suministrarle” (p. 21). Más adelante observa: “Cuando [...] apareció aquel Curso en forma de libro [Lo cubano en la poesía, Universidad Central de Las Villas, 1958], en su primera página escribí: ‘Ojalá que este esfuerzo [...] contribuya al rescate de nuestra dignidad. Porque tal es el propósito que secretamente lo anima.’ Secreto a voces, pues. Esa dignidad no podía ser otra que la de la patria, cuya identificación con nuestra poesía era la premisa mayor de mi libro. En aquellas Pascuas que ardían como en el reino del Hades, Lezama veía mis conferencias como un procesional de la imago de la patria: reemplazo del hecho de su frustración, pero a la vez creación de otro hecho naciente” (pp.29-30). Y añade: “Al triunfo de la Revolución, Lezama escribió en su honor el elogio del ángel nuestro, el Ángel de la Jiribilla, el que repite: ‘Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad.’ Para terminar mis palabras delante de su tumba, la mañana del 10 de agosto de 1976, recordé este fragmento oracular: ‘Ángel de la Jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte.’ [“A partir de la poesía” (enero de 1960), en La cantidad hechizada, UNEAC, 1970, p. 52.] Releyendo ahora su carta dedicada a Lo cubano en la poesía, comprendo que esa imagen suma que terriblemente dice: ‘sucede’, custodiada por el ángel de la luz cubana, sólo puede ser en nuestra historia, sólo podía ser en aquellos días agónicos de la lucha insurreccional, la que está en el centro de la ‘era de la posibilidad infinita’, que según el testimonio participante del propio Lezama comienza a hacerse visible con la manifestación del 30 de septiembre de 1930 y empieza a realizarse con el triunfo de la Revolución en enero de 1959: la imagen creada para el horizonte de nuestra historia por José Martí” (pp.32-33).
En “La casa del alibi” (ensayo de enero de 1986), donde Vitier relata su hallazgo en diciembre de 1985, entre los papeles de Lezama, de este poema hasta entonces desconocido, y cuya “imagen mayor [...] es, sin duda, la de un advenimiento, la de una alegre llegada”, apunta: “Después del triunfo revolucionario, en su página sobre ‘Ernesto Guevara, comandante nuestro’ (Casa de las Américas, 1968), Lezama escribirá: ‘Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío’ (p. 49); [...] el hermetismo oracular del poema —tan fiel a la circunstancia oscura, hermética, presagiosa, en que surge— ya empieza a aclararse con las palabras mayores de su profecía: ‘tomará nueva carne cuando lleguen la desesperación y el temblor y la justa pobreza’. Sabemos que en la mencionada página de Orígenes añadió: ‘para avizorarnos las cúpulas de los años nacientes’; y que, después de enero del 59, culminó su sistema poético del mundo con ‘la era de la posibilidad infinita’, presidida por José Martí” (p. 53); [...] ‘Y fue el preludio de la era poética entre nosotros, que ahora nuestro pueblo empieza a vivir, era inmensamente afirmativa, cenital, creadora. Encuentro del anillo, del círculo absoluto. El héroe entra en la ciudad’ (Lezama: Imagen y posibilidad, La Habana, Letras Cubanas, 1981, pp. 103-104)” (p. 54).
Pero hay más. En “Un párrafo para Lezama” (agosto de 1986), vehemente defensa de Paradiso, Vitier declara: “Ningún poeta cubano trabajó tanto, desde la poesía, con la razón y con la historia como Lezama. La tierra oculta que él cultivó nos ofrece nuevos frutos cada mañana, y algún día el pueblo al que nunca dejó de ser fiel realizará de su obra la única lectura satisfactoria, maravillosa y natural, la que todavía no podemos siquiera imaginarnos” (pp. 64-65). Y concluye: “Por primera vez en nuestra historia, Cuba se convierte en naturaleza asimiladora de toda la cultura posible e imposible. No ver en este suceso un afluente de la Revolución que nos abrió las puertas de la historia universal, sería singular ceguera” (p. 64). Después de todo, tal como lo hace resaltar Vitier en “La aventura de Orígenes “ (julio de 1991), ya en 1952 Lezama (en “Alrededores de una antología”, Orígenes, no. 31) había salido en defensa de Cincuenta años de poesía cubana “remontándose a ‘la ovillada fuerza histórica de Diez poetas cubanos’ y subrayando la voluntad de la nueva antología de ‘participar en el proceso creador de la nación’, para concluir: ‘eso que ahora se llama Orígenes, y que antaño se llamó Verbum, Espuela de Plata, Clavileño, Nadie Parecía [...] es algo más que una generación literaria o artística, es un estado organizado frente al tiempo’” (pp. 88-89).
Cintio, el Moralista
Es, sobre todo, en Ese sol del mundo moral: para una historia de la eticidad cubana (México: Siglo XXI Editores, 1975) que Vitier osa, finalmente, acometer “el esbozo de lo que pudiera llamarse una historia moral de Cuba, que esperamos sea útil, no sólo a los interesados en nuestra cultura, sino también, por sus lecciones objetivas, para la formación revolucionaria de las nuevas generaciones americanas” (p. 10) pero que, principalmente, habría de resultar útil para la acreditación como revolucionarios de los poetas de Orígenes. Veamos cómo Vitier logra este propósito astutamente disfrazado de examen de la experiencia revolucionaria cubana y su fundamento ético, en cuyo punto central se encuentra la figura de José Martí y en su punto culminante la de Fidel Castro.
Ya en el prólogo del libro Vitier escribe: “De lo que se trata aquí es sólo de señalar aquellos momentos claves en el proceso de forja de la nacionalidad que denotan un fundamento y una continuidad de raíz ética, es decir, una creciente, dramática y dialéctica toma de conciencia” (p. 9). Más adelante, sin embargo, se apresura a aclarar: “No es nuestro propósito, ni de nuestra competencia, sistematizar los aspectos de lo que puede llamarse con rigor una ética socialista” (p. 191). La aclaración es necesaria porque Vitier sabe que en verdad mal podían los poetas de Orígenes asumir el rol de revolucionarios. Según el propio Vitier, en los años que siguen a la revolución de 1933, “la cultura se replegaba a posiciones de investigación y crítica, de recuento histórico, de rescate de esencias. Una distinta eticidad, asediada por la farsa y el vacío, se hacía fuerte en el silencio” (p. 140). Así es como Vitier trata de insertar a Orígenes en aquel proceso: “A partir de la muerte de Guiteras y de la Asamblea Constituyente de 1940, en que los intelectuales comunistas o de izquierda tuvieron una intervención decisiva, la inteligencia y la sensibilidad, desligadas de la acción violenta, se manifiestan en tres líneas: la políticamente militante de escritores como Juan Marinello, Nicolás Guillén, Jorge Mañach, o el francotirador Raúl Roa [...]; la de puro trabajo intelectual, que venía de las primeras décadas de la seudorepública con figuras como Fernando Ortiz, Ramiro Guerra y Medardo Vitier; y la de creación poética silenciosa, que enlazaba tres generaciones sucesivas: la de Poveda, Boti y Acosta, la de Brull, Ballagas y Florit, la de los poetas de Orígenes” (p. 140). Vitier, en efecto, aprovecha para dedicar no pocas páginas de este libro a destacar particularmente la obra y la militancia de Marinello, Guillén y Roa, la existencia de quienes, por supuesto, a juzgar por las páginas de Orígenes, jamás había sido siquiera reconocida. La defensa de Orígenes continúa: en su recuento de la obra de Nicolás Guillén, “un descubrimiento poético de primera magnitud”, aprovecha la oportunidad para responder al ataque de los editores de Gaceta del Caribe (1944), el mismo año en que aparece Orígenes. Los editores de aquélla —Guillén, Portuondo, Augier, Mirta Aguirre y Félix Pita Rodríguez— habían declarado “no concebir ‘la obra de arte sino como una manera de luchar por la libertad y la justicia’ y desde el primer número manifestaron su ‘ánimo polémico’ y su propósito de combatir ‘a cuantos huyen, a la hora de crear, de todo contacto con el alma y la sangre del pueblo’. Los aludidos en este caso” –-escribe Vitier—, “los poetas de la revista Orígenes, no respondieron con el mismo ánimo, evitándose la dilapidación de energías que eran necesarias para resistir y rescatar, cada uno a su modo, algo de aquella alma y aquella sangre. Con el tiempo se haría ostensible que Orígenes no era enemigo de La Gaceta, sino que el enemigo de ambos era la frustración de la república y la traición de los gobernantes. Así en 1949 el director de Orígenes, José Lezama Lima, en una de sus “Señales” escribía: [...] ‘un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza’; pero fijémonos que considera a lo político ‘esencial’, y que por tanto también lo era la frustración del país. La ‘mayor realeza’ de los cotos de la creación se indicaba en relación con la politiquería y ramplonería ambientes, no en relación con una política ‘esencial’, que hubiera sido continuadora de Martí. Lo que propone, además, no es un simple ‘culturalismo’ (ya en la presentación de Orígenes se había opuesto al dualismo vida-cultura), sino una actitud ética ‘que arranca de las fuentes mismas de la creación’ y sobre todo de una voluntariosa esperanza de ‘crear la tradición por futuridad, una imagen que busca su encarnación, su realización en el tiempo histórico, en la metáfora que participa’” (pp. 153-154).
Según Vitier, el “pesimismo político [de los poetas de Orígenes] era acompañado por un optimismo trascendente que les permitió resistir y crear en el desierto. [...] Pero lo más significativo de este grupo de poetas fue la dimensión que en ellos alcanzó el tema tácito o explícito del ‘imposible’ [“Lo imposible, es posible”, escribió Martí en abril de 1880], que venimos registrando como constante histórica y espiritual cubana” (p. 155). Así, Lezama había desarrollado “una poética compensatoria del imposible histórico y una interpretación de la historia misma desde la perspectiva de la imagen, concebida como puente de la posibilidad que une las dos orillas: la de lo real y la de lo inexistente” (pp. 155-156). Y Vitier mismo, por supuesto, toma posición dentro de esta corriente “en el cuaderno titulado La luz del imposible (1957), donde no se apelaba a las posibilidades compensatorias de la imagen sino a la realidad misma del imposible en las cosas y los hechos. Por eso escribía allí: ‘cuando digo ‘imposible’ no quiero decir ‘no posible’, sino que aludo a una cualidad constitutiva de las cosas reales’. Pero esa cualidad era precisamente su ‘luz’ oculta, su fuerza desconocida, su posibilidad mayor: la paulina ‘sustancia de lo que esperamos’, el secreto mismo —tan espiritual como físico— de la encarnación. Posición que en el fondo convergía con la de Lezama en una sed de advenimiento histórico, de encarnación de la poesía en la realidad” (p. 156). Esta “sed” compartida por Lezama y Vitier de “advenimiento histórico, de encarnación de la poesía en la realidad” sería finalmente satisfecha con el triunfo revolucionario de 1959.
Rafael Rojas (“Cintio Vitier, poesía y poder”, Letras Libres, Noviembre 2002, México), sin embargo, aclara que si bien “es cierto que Lezama compartió con Vitier esa fértil idea de la participación de la Imagen en la Historia que, en buena medida, fundamentó su teoría de las ‘eras imaginarias’... su enlace con la Revolución Cubana [...] fue siempre sutil, elusivo, tangencial, distante del discurso ideológico, ajeno a las solemnidades éticas y, sobre todo, reacio a las transparencias de la vocación pública”. Y añade: “La diferencia substantiva entre la ‘teleología insular’ de Lezama y la de Vitier no radica, sin embargo, en la mayor o menor intensidad del discurso revolucionario, sino en una divergente apuesta frente al dilema de la Poesía y la Historia... A diferencia de Vitier, quien siempre lamentó la zozobra de una escritura sin gravitación histórica, Lezama apostó por la Poesía”. Asimismo, Rojas señala cómo el ensayo de Vitier, Ese sol del mundo moral, “estaba salpicado de citas de Fidel Castro, de principio a fin, y, por momentos, no hacía más que desarrollar intelectualmente la tesis expuesta en el famoso discurso Porque en Cuba sólo ha habido una Revolución, del 10 de octubre de 1968. Sin embargo, Vitier escribía desde el lugar de un poeta nacionalista y católico, que no había participado en el movimiento revolucionario. De ahí que el objetivo del libro fuera legitimar su inserción, en tanto sujeto intelectual no marxista, en el campo revolucionario”. Y concluye: “Una zona importante de la creación historiográfica y crítica de Cintio Vitier en los años setenta y ochenta se orientó hacia la búsqueda de un reconocimiento, como intelectual católico y revolucionario, por parte del Estado cubano. Su hora llegó en 1992, cuando la desaparición de la Unión Soviética obligó al gobierno de la isla a rearticular su ideología en favor del nacionalismo poscomunista. En ese escenario, la ensayística de Vitier resultó sumamente valiosa y el viejo intelectual católico, antes sospechoso, se convirtió ahora en la voz del socialismo tardío. El poeta fue elegido a la Asamblea Nacional del Poder Popular y logró eficaces intervenciones en la política ‘inmediata’, ‘visible’ y ‘mundana’ del castrismo real. A tal punto llegó la consagración de Vitier como intelectual orgánico del régimen cubano que, a mediados de junio de 2002, una semana antes del fallo favorable del Premio Juan Rulfo, Fidel Castro condecoró al autor de Ese sol del mundo moral con la Orden José Martí, la más alta distinción por aportes a la cultura cubana que concede el gobierno de la isla. Y como desenlace de estos amores entre la poesía y el poder, al día siguiente del anuncio del galardón en Guadalajara, Castro visitó a Vitier en su departamento del Vedado. Por fin el Caudillo entraba en la casa del Poeta, la Historia visitaba el hogar de la Poesía”.
Vitier, a quien Rojas se refiere como el “sentencioso exégeta de los evangelios martianos donde se anuncia la llegada del Mesías (Fidel Castro) y el advenimiento del Paraíso (la Revolución Cubana)”, se complace en citar un texto de Lezama que, según la interpretación que posteriormente él mismo le ha dado, anunciara la Revolución: “No se sabía por qué en el homenaje de Orígenes a Martí se decía: ‘Sorprende en su primera secularidad la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica, capaz de saltar las insuficiencias toscas de lo inmediato, para avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes’. ¿Qué actos eran esos, dónde estaban? Oscuramente se sentía que ya no bastaban las palabras, ni la cultura, ni siquiera las ‘actitudes’” (p. 159). [...] “Ese acto fue el asalto al Cuartel Moncada” y el significado de aquel acto “iba a definirlo su máximo jefe, Fidel Castro” en el discurso ante sus jueces, “el único hombre libre en aquel juicio [...], con palabras que eran actos”: “con este discurso” —exclama Vitier— “comienza otra época” (pp. 160-161), porque “La historia me absolverá es una pieza ética de primera magnitud” (p. 176).
En suma, escribe Vitier, “con el triunfo insurreccional del 1º de enero de 1959 [comenzó] el avance hacia el socialismo como única solución posible [...], como única manera de hacer efectiva la nueva eticidad social que es el eje de la revolución [...], una eticidad revolucionaria que, partiendo de la rebeldía mambisa y del ‘fundamento moral’ martiano, con las armas ideológicas del marxismo leninismo y la ayuda de la Unión Soviética [nótese que Vitier escribe en 1974]... tuvo su máxima expresión contemporánea, fraguada por la Revolución cubana y proyectada hacia el futuro americano, en Ernesto Che Guevara” (pp. 190-191). Y concluye: ...”de aquella primera vivencia [la vivencia del triunfo de la Revolución en enero de 1959] había algo que se mantenía indestructible, vivo al fondo de todos los sucesos. Ese algo era, es, la raíz ética... La patria, que estaba en los textos, en los atisbos de los poetas, en la pasión de los fundadores, súbitamente encarnó con una hermosura terrible, avasalladora, el 1º de enero de 1959... Ese año será el más hermoso, el decisivo en nuestra vida” (pp.192-193). “Y todo lo que parecía imposible —así lo diría el propio Fidel el 26 de julio de 1971—, fue posible” (p. 194).
Czeslaw Milosz, en El pensamiento cautivo —libro escrito a principios de los años 1950, cuando la Europa oriental estaba dominada por el estalinismo—, describe cómo varios típicos intelectuales polacos de la época habían reaccionado a las presiones del Estado comunista. El caso de Cintio Vitier en la Cuba totalitaria es muy similar al de Alfa el Moralista en el texto antológico de Milosz. Alfa “quería ser una autoridad moral”, escribe Milosz. “Él quería alcanzar una pureza de tono moral, pero la pureza para ser genuina debe ser telúrica, enraizada profundamente en la experiencia y la observación de la vida. Él percibió que había caído en la falsedad al vivir en medio de ideas sobre las gentes en lugar de entre ellas mismas. Lo que él sabía acerca del hombre estaba basado en sus propias experiencias subjetivas entre las cuatro paredes de su habitación. Su catolicismo no era más que un disfraz”... “Alfa exitosamente realizó su ambición de convertirse en una autoridad moral. Su conducta fue la de un ciudadano-escritor ejemplar”... Sus colegas, sin embargo, le llamaban “la ramera respetuosa”.
Así, en el contexto cubano, Cintio el Moralista representa como nadie al intelectual oportunista que, después de una larga vida dedicada a la literatura y ajeno a toda preocupación político-social, dedica los últimos años de su vida a revisar la historia y prostituirse al servicio del régimen hasta ganar, oficialmente, la tan ansiada calificación de “revolucionario” por parte del poder político y, por supuesto, con la bendición del Máximo Líder, el único hombre libre en la Isla, a quien ahora sirve incondicionalmente.
Miami Beach, agosto de 2004
Para llegar a Orígenes
Lezama, por su parte, a pesar de sufrir algunos percances en sus relaciones con los árbitros de la cultura oficial en Cuba, permaneció en Cuba hasta su muerte en 1976. Así, en 1966 ve publicada su novela Paradiso, en tanto que con la colaboración siempre entusiasta de Cintio Vitier trata de reconstruir la trayectoria y redefinir la significación de Orígenes en la historia de las letras cubanas dándole un carácter cripto-revolucionario que en realidad nunca tuvo. En 1968 Lezama dedica notas laudatorias a la revolución ("El 26 de julio: imagen y posibilidad") y a uno de sus líderes más destacados ("Ernesto Guevara: comandante nuestro") en La Gaceta de Cuba y en Casa de las Américas, respectivamente. En 1970 escribe que “la Revolución cubana no es otra cosa que la creación del verídico estado cubano”. Y, en entrevista con Jean-Michel Fossey, Lezama se apresura a señalar con orgullo que los poetas que después ocuparían "lugares distinguidos y de calidad en las filas de la revolución" —y cita a Fayad Jamis, Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes, Pedro de Oráa, Pablo Armando Fernández— se habían dado a conocer en Orígenes. Pero, claramente, Lezama no es adepto en la falsificación de credenciales político-revolucionarias, como sí lo fuera entonces y siempre Cintio Vitier.
En 1971 Vitier escribe un ensayo introductorio a las obras completas de Lezama publicadas en 1975 en que minuciosamente destaca las casi imperceptibles referencias más o menos críticas a la realidad cubana que aparecieran a través de los años en Orígenes. Luego, en entrevista con Enrico Mario Santí en La Habana en 1979, en la que también participaran Eliseo Diego, Fina García Marruz y Angel Gaztelu, Vitier pone extremado cuidado y esmero en señalar momentos estelares de Orígenes tales como una críptica referencia editorial a "las cúpulas de los nuevos actos nacientes" en 1953, año del asalto al Cuartel Moncada; o el que el último número de Orígenes apareciera el año en que iba a producirse el desembarco del Granma, algo, según Vitier, altamente significativo. Vitier, quien no pierde una oportunidad de avanzar sus propias causas como lo hiciera por muchos años al erigirse en exégeta máximo del origenismo, echa mano de María Zambrano para sugerir que Orígenes y, en particular, los poetas por él incluidos en su antología Diez poetas cubanos pueden y deben ser vistos "en 1948 como el anuncio, sin ningún propósito explícito ni temático, de un país que va a nacer a la historia"; porque "es verdad que Cuba, antes de la revolución, vive en un estado... 'pre-natal'. Eso me parece” —concluye Vitier— “una asombrosa intuición de María Zambrano en 1948". Todo esto se fue haciendo más y más claro —otra vez según Vitier— en otro de sus libros, Lo cubano en la poesía (1957), y es, sin duda alguna, lo "que debe haber llevado a Roberto Fernández Retamar, en su libro La poesía contemporánea en Cuba (1954), a calificar de 'trascendentalismo' al grupo Orígenes". En aquel coloquio de 1979 con Enrico Mario Santí, Vitier y Diego, después de señalar que Lezama piensa la historia a través de la poesía, terminan haciendo una apología de la visión origenista de la poesía como método de conocimiento, en lo que, según Diego, no se apartaban mucho de la concepción marxista de la poesía. Así se inventa la leyenda de la conciencia histórica y la misión política de Orígenes —y, por ende, de los origenistas o, al menos, de ciertos origenistas.
Vitier, en efecto, dedica años de investigación minuciosa y relectura asidua de cartas y oscuros textos de Lezama y propios en un esfuerzo calculado para documentar la trayectoria y visión revolucionarias de Orígenes que culminaran, naturalmente, en el supuesto entusiasmo de ambos, Lezama y Vitier, con el triunfo revolucionario de 1959. Así (“De las cartas que me escribió Lezama”, mayo de 1982, en Para llegar a Orígenes, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1994, de donde proceden todas las citas que siguen), escribe: ...”un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza” [Lezama: “Señales. La otra desintegración.” En Orígenes, 1949, no. 21, p. 61]: “es decir, nos permitimos aclarar, de ‘mayor realeza’ en relación con la aludida frustración, no con lo político en sí, ya que lo político se considera ‘esencial’, aunque frustrado, precisamente, por la ausencia de un proyecto nacional que sólo el rescate de la Revolución martiana podría suministrarle” (p. 21). Más adelante observa: “Cuando [...] apareció aquel Curso en forma de libro [Lo cubano en la poesía, Universidad Central de Las Villas, 1958], en su primera página escribí: ‘Ojalá que este esfuerzo [...] contribuya al rescate de nuestra dignidad. Porque tal es el propósito que secretamente lo anima.’ Secreto a voces, pues. Esa dignidad no podía ser otra que la de la patria, cuya identificación con nuestra poesía era la premisa mayor de mi libro. En aquellas Pascuas que ardían como en el reino del Hades, Lezama veía mis conferencias como un procesional de la imago de la patria: reemplazo del hecho de su frustración, pero a la vez creación de otro hecho naciente” (pp.29-30). Y añade: “Al triunfo de la Revolución, Lezama escribió en su honor el elogio del ángel nuestro, el Ángel de la Jiribilla, el que repite: ‘Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad.’ Para terminar mis palabras delante de su tumba, la mañana del 10 de agosto de 1976, recordé este fragmento oracular: ‘Ángel de la Jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte.’ [“A partir de la poesía” (enero de 1960), en La cantidad hechizada, UNEAC, 1970, p. 52.] Releyendo ahora su carta dedicada a Lo cubano en la poesía, comprendo que esa imagen suma que terriblemente dice: ‘sucede’, custodiada por el ángel de la luz cubana, sólo puede ser en nuestra historia, sólo podía ser en aquellos días agónicos de la lucha insurreccional, la que está en el centro de la ‘era de la posibilidad infinita’, que según el testimonio participante del propio Lezama comienza a hacerse visible con la manifestación del 30 de septiembre de 1930 y empieza a realizarse con el triunfo de la Revolución en enero de 1959: la imagen creada para el horizonte de nuestra historia por José Martí” (pp.32-33).
En “La casa del alibi” (ensayo de enero de 1986), donde Vitier relata su hallazgo en diciembre de 1985, entre los papeles de Lezama, de este poema hasta entonces desconocido, y cuya “imagen mayor [...] es, sin duda, la de un advenimiento, la de una alegre llegada”, apunta: “Después del triunfo revolucionario, en su página sobre ‘Ernesto Guevara, comandante nuestro’ (Casa de las Américas, 1968), Lezama escribirá: ‘Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío’ (p. 49); [...] el hermetismo oracular del poema —tan fiel a la circunstancia oscura, hermética, presagiosa, en que surge— ya empieza a aclararse con las palabras mayores de su profecía: ‘tomará nueva carne cuando lleguen la desesperación y el temblor y la justa pobreza’. Sabemos que en la mencionada página de Orígenes añadió: ‘para avizorarnos las cúpulas de los años nacientes’; y que, después de enero del 59, culminó su sistema poético del mundo con ‘la era de la posibilidad infinita’, presidida por José Martí” (p. 53); [...] ‘Y fue el preludio de la era poética entre nosotros, que ahora nuestro pueblo empieza a vivir, era inmensamente afirmativa, cenital, creadora. Encuentro del anillo, del círculo absoluto. El héroe entra en la ciudad’ (Lezama: Imagen y posibilidad, La Habana, Letras Cubanas, 1981, pp. 103-104)” (p. 54).
Pero hay más. En “Un párrafo para Lezama” (agosto de 1986), vehemente defensa de Paradiso, Vitier declara: “Ningún poeta cubano trabajó tanto, desde la poesía, con la razón y con la historia como Lezama. La tierra oculta que él cultivó nos ofrece nuevos frutos cada mañana, y algún día el pueblo al que nunca dejó de ser fiel realizará de su obra la única lectura satisfactoria, maravillosa y natural, la que todavía no podemos siquiera imaginarnos” (pp. 64-65). Y concluye: “Por primera vez en nuestra historia, Cuba se convierte en naturaleza asimiladora de toda la cultura posible e imposible. No ver en este suceso un afluente de la Revolución que nos abrió las puertas de la historia universal, sería singular ceguera” (p. 64). Después de todo, tal como lo hace resaltar Vitier en “La aventura de Orígenes “ (julio de 1991), ya en 1952 Lezama (en “Alrededores de una antología”, Orígenes, no. 31) había salido en defensa de Cincuenta años de poesía cubana “remontándose a ‘la ovillada fuerza histórica de Diez poetas cubanos’ y subrayando la voluntad de la nueva antología de ‘participar en el proceso creador de la nación’, para concluir: ‘eso que ahora se llama Orígenes, y que antaño se llamó Verbum, Espuela de Plata, Clavileño, Nadie Parecía [...] es algo más que una generación literaria o artística, es un estado organizado frente al tiempo’” (pp. 88-89).
Cintio, el Moralista
Es, sobre todo, en Ese sol del mundo moral: para una historia de la eticidad cubana (México: Siglo XXI Editores, 1975) que Vitier osa, finalmente, acometer “el esbozo de lo que pudiera llamarse una historia moral de Cuba, que esperamos sea útil, no sólo a los interesados en nuestra cultura, sino también, por sus lecciones objetivas, para la formación revolucionaria de las nuevas generaciones americanas” (p. 10) pero que, principalmente, habría de resultar útil para la acreditación como revolucionarios de los poetas de Orígenes. Veamos cómo Vitier logra este propósito astutamente disfrazado de examen de la experiencia revolucionaria cubana y su fundamento ético, en cuyo punto central se encuentra la figura de José Martí y en su punto culminante la de Fidel Castro.
Ya en el prólogo del libro Vitier escribe: “De lo que se trata aquí es sólo de señalar aquellos momentos claves en el proceso de forja de la nacionalidad que denotan un fundamento y una continuidad de raíz ética, es decir, una creciente, dramática y dialéctica toma de conciencia” (p. 9). Más adelante, sin embargo, se apresura a aclarar: “No es nuestro propósito, ni de nuestra competencia, sistematizar los aspectos de lo que puede llamarse con rigor una ética socialista” (p. 191). La aclaración es necesaria porque Vitier sabe que en verdad mal podían los poetas de Orígenes asumir el rol de revolucionarios. Según el propio Vitier, en los años que siguen a la revolución de 1933, “la cultura se replegaba a posiciones de investigación y crítica, de recuento histórico, de rescate de esencias. Una distinta eticidad, asediada por la farsa y el vacío, se hacía fuerte en el silencio” (p. 140). Así es como Vitier trata de insertar a Orígenes en aquel proceso: “A partir de la muerte de Guiteras y de la Asamblea Constituyente de 1940, en que los intelectuales comunistas o de izquierda tuvieron una intervención decisiva, la inteligencia y la sensibilidad, desligadas de la acción violenta, se manifiestan en tres líneas: la políticamente militante de escritores como Juan Marinello, Nicolás Guillén, Jorge Mañach, o el francotirador Raúl Roa [...]; la de puro trabajo intelectual, que venía de las primeras décadas de la seudorepública con figuras como Fernando Ortiz, Ramiro Guerra y Medardo Vitier; y la de creación poética silenciosa, que enlazaba tres generaciones sucesivas: la de Poveda, Boti y Acosta, la de Brull, Ballagas y Florit, la de los poetas de Orígenes” (p. 140). Vitier, en efecto, aprovecha para dedicar no pocas páginas de este libro a destacar particularmente la obra y la militancia de Marinello, Guillén y Roa, la existencia de quienes, por supuesto, a juzgar por las páginas de Orígenes, jamás había sido siquiera reconocida. La defensa de Orígenes continúa: en su recuento de la obra de Nicolás Guillén, “un descubrimiento poético de primera magnitud”, aprovecha la oportunidad para responder al ataque de los editores de Gaceta del Caribe (1944), el mismo año en que aparece Orígenes. Los editores de aquélla —Guillén, Portuondo, Augier, Mirta Aguirre y Félix Pita Rodríguez— habían declarado “no concebir ‘la obra de arte sino como una manera de luchar por la libertad y la justicia’ y desde el primer número manifestaron su ‘ánimo polémico’ y su propósito de combatir ‘a cuantos huyen, a la hora de crear, de todo contacto con el alma y la sangre del pueblo’. Los aludidos en este caso” –-escribe Vitier—, “los poetas de la revista Orígenes, no respondieron con el mismo ánimo, evitándose la dilapidación de energías que eran necesarias para resistir y rescatar, cada uno a su modo, algo de aquella alma y aquella sangre. Con el tiempo se haría ostensible que Orígenes no era enemigo de La Gaceta, sino que el enemigo de ambos era la frustración de la república y la traición de los gobernantes. Así en 1949 el director de Orígenes, José Lezama Lima, en una de sus “Señales” escribía: [...] ‘un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza’; pero fijémonos que considera a lo político ‘esencial’, y que por tanto también lo era la frustración del país. La ‘mayor realeza’ de los cotos de la creación se indicaba en relación con la politiquería y ramplonería ambientes, no en relación con una política ‘esencial’, que hubiera sido continuadora de Martí. Lo que propone, además, no es un simple ‘culturalismo’ (ya en la presentación de Orígenes se había opuesto al dualismo vida-cultura), sino una actitud ética ‘que arranca de las fuentes mismas de la creación’ y sobre todo de una voluntariosa esperanza de ‘crear la tradición por futuridad, una imagen que busca su encarnación, su realización en el tiempo histórico, en la metáfora que participa’” (pp. 153-154).
Según Vitier, el “pesimismo político [de los poetas de Orígenes] era acompañado por un optimismo trascendente que les permitió resistir y crear en el desierto. [...] Pero lo más significativo de este grupo de poetas fue la dimensión que en ellos alcanzó el tema tácito o explícito del ‘imposible’ [“Lo imposible, es posible”, escribió Martí en abril de 1880], que venimos registrando como constante histórica y espiritual cubana” (p. 155). Así, Lezama había desarrollado “una poética compensatoria del imposible histórico y una interpretación de la historia misma desde la perspectiva de la imagen, concebida como puente de la posibilidad que une las dos orillas: la de lo real y la de lo inexistente” (pp. 155-156). Y Vitier mismo, por supuesto, toma posición dentro de esta corriente “en el cuaderno titulado La luz del imposible (1957), donde no se apelaba a las posibilidades compensatorias de la imagen sino a la realidad misma del imposible en las cosas y los hechos. Por eso escribía allí: ‘cuando digo ‘imposible’ no quiero decir ‘no posible’, sino que aludo a una cualidad constitutiva de las cosas reales’. Pero esa cualidad era precisamente su ‘luz’ oculta, su fuerza desconocida, su posibilidad mayor: la paulina ‘sustancia de lo que esperamos’, el secreto mismo —tan espiritual como físico— de la encarnación. Posición que en el fondo convergía con la de Lezama en una sed de advenimiento histórico, de encarnación de la poesía en la realidad” (p. 156). Esta “sed” compartida por Lezama y Vitier de “advenimiento histórico, de encarnación de la poesía en la realidad” sería finalmente satisfecha con el triunfo revolucionario de 1959.
Rafael Rojas (“Cintio Vitier, poesía y poder”, Letras Libres, Noviembre 2002, México), sin embargo, aclara que si bien “es cierto que Lezama compartió con Vitier esa fértil idea de la participación de la Imagen en la Historia que, en buena medida, fundamentó su teoría de las ‘eras imaginarias’... su enlace con la Revolución Cubana [...] fue siempre sutil, elusivo, tangencial, distante del discurso ideológico, ajeno a las solemnidades éticas y, sobre todo, reacio a las transparencias de la vocación pública”. Y añade: “La diferencia substantiva entre la ‘teleología insular’ de Lezama y la de Vitier no radica, sin embargo, en la mayor o menor intensidad del discurso revolucionario, sino en una divergente apuesta frente al dilema de la Poesía y la Historia... A diferencia de Vitier, quien siempre lamentó la zozobra de una escritura sin gravitación histórica, Lezama apostó por la Poesía”. Asimismo, Rojas señala cómo el ensayo de Vitier, Ese sol del mundo moral, “estaba salpicado de citas de Fidel Castro, de principio a fin, y, por momentos, no hacía más que desarrollar intelectualmente la tesis expuesta en el famoso discurso Porque en Cuba sólo ha habido una Revolución, del 10 de octubre de 1968. Sin embargo, Vitier escribía desde el lugar de un poeta nacionalista y católico, que no había participado en el movimiento revolucionario. De ahí que el objetivo del libro fuera legitimar su inserción, en tanto sujeto intelectual no marxista, en el campo revolucionario”. Y concluye: “Una zona importante de la creación historiográfica y crítica de Cintio Vitier en los años setenta y ochenta se orientó hacia la búsqueda de un reconocimiento, como intelectual católico y revolucionario, por parte del Estado cubano. Su hora llegó en 1992, cuando la desaparición de la Unión Soviética obligó al gobierno de la isla a rearticular su ideología en favor del nacionalismo poscomunista. En ese escenario, la ensayística de Vitier resultó sumamente valiosa y el viejo intelectual católico, antes sospechoso, se convirtió ahora en la voz del socialismo tardío. El poeta fue elegido a la Asamblea Nacional del Poder Popular y logró eficaces intervenciones en la política ‘inmediata’, ‘visible’ y ‘mundana’ del castrismo real. A tal punto llegó la consagración de Vitier como intelectual orgánico del régimen cubano que, a mediados de junio de 2002, una semana antes del fallo favorable del Premio Juan Rulfo, Fidel Castro condecoró al autor de Ese sol del mundo moral con la Orden José Martí, la más alta distinción por aportes a la cultura cubana que concede el gobierno de la isla. Y como desenlace de estos amores entre la poesía y el poder, al día siguiente del anuncio del galardón en Guadalajara, Castro visitó a Vitier en su departamento del Vedado. Por fin el Caudillo entraba en la casa del Poeta, la Historia visitaba el hogar de la Poesía”.
Vitier, a quien Rojas se refiere como el “sentencioso exégeta de los evangelios martianos donde se anuncia la llegada del Mesías (Fidel Castro) y el advenimiento del Paraíso (la Revolución Cubana)”, se complace en citar un texto de Lezama que, según la interpretación que posteriormente él mismo le ha dado, anunciara la Revolución: “No se sabía por qué en el homenaje de Orígenes a Martí se decía: ‘Sorprende en su primera secularidad la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica, capaz de saltar las insuficiencias toscas de lo inmediato, para avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes’. ¿Qué actos eran esos, dónde estaban? Oscuramente se sentía que ya no bastaban las palabras, ni la cultura, ni siquiera las ‘actitudes’” (p. 159). [...] “Ese acto fue el asalto al Cuartel Moncada” y el significado de aquel acto “iba a definirlo su máximo jefe, Fidel Castro” en el discurso ante sus jueces, “el único hombre libre en aquel juicio [...], con palabras que eran actos”: “con este discurso” —exclama Vitier— “comienza otra época” (pp. 160-161), porque “La historia me absolverá es una pieza ética de primera magnitud” (p. 176).
En suma, escribe Vitier, “con el triunfo insurreccional del 1º de enero de 1959 [comenzó] el avance hacia el socialismo como única solución posible [...], como única manera de hacer efectiva la nueva eticidad social que es el eje de la revolución [...], una eticidad revolucionaria que, partiendo de la rebeldía mambisa y del ‘fundamento moral’ martiano, con las armas ideológicas del marxismo leninismo y la ayuda de la Unión Soviética [nótese que Vitier escribe en 1974]... tuvo su máxima expresión contemporánea, fraguada por la Revolución cubana y proyectada hacia el futuro americano, en Ernesto Che Guevara” (pp. 190-191). Y concluye: ...”de aquella primera vivencia [la vivencia del triunfo de la Revolución en enero de 1959] había algo que se mantenía indestructible, vivo al fondo de todos los sucesos. Ese algo era, es, la raíz ética... La patria, que estaba en los textos, en los atisbos de los poetas, en la pasión de los fundadores, súbitamente encarnó con una hermosura terrible, avasalladora, el 1º de enero de 1959... Ese año será el más hermoso, el decisivo en nuestra vida” (pp.192-193). “Y todo lo que parecía imposible —así lo diría el propio Fidel el 26 de julio de 1971—, fue posible” (p. 194).
Czeslaw Milosz, en El pensamiento cautivo —libro escrito a principios de los años 1950, cuando la Europa oriental estaba dominada por el estalinismo—, describe cómo varios típicos intelectuales polacos de la época habían reaccionado a las presiones del Estado comunista. El caso de Cintio Vitier en la Cuba totalitaria es muy similar al de Alfa el Moralista en el texto antológico de Milosz. Alfa “quería ser una autoridad moral”, escribe Milosz. “Él quería alcanzar una pureza de tono moral, pero la pureza para ser genuina debe ser telúrica, enraizada profundamente en la experiencia y la observación de la vida. Él percibió que había caído en la falsedad al vivir en medio de ideas sobre las gentes en lugar de entre ellas mismas. Lo que él sabía acerca del hombre estaba basado en sus propias experiencias subjetivas entre las cuatro paredes de su habitación. Su catolicismo no era más que un disfraz”... “Alfa exitosamente realizó su ambición de convertirse en una autoridad moral. Su conducta fue la de un ciudadano-escritor ejemplar”... Sus colegas, sin embargo, le llamaban “la ramera respetuosa”.
Así, en el contexto cubano, Cintio el Moralista representa como nadie al intelectual oportunista que, después de una larga vida dedicada a la literatura y ajeno a toda preocupación político-social, dedica los últimos años de su vida a revisar la historia y prostituirse al servicio del régimen hasta ganar, oficialmente, la tan ansiada calificación de “revolucionario” por parte del poder político y, por supuesto, con la bendición del Máximo Líder, el único hombre libre en la Isla, a quien ahora sirve incondicionalmente.
Miami Beach, agosto de 2004
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Este ensayo fue originalmente publicado en la revista electrónica Agulha, No. 49, enero de 2006.

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