23 septiembre 2006

Nota Biográfica


Vicente Jiménez

Escritor cubano


Escritor cubano (Marianao, Habana, 1936), ensayista, cree en la libertad, el amor y la poesía, en el surrealismo como visión del mundo y expresión más alta de la realidad, en el poder de la música y el misterio del cine. Cree en la poesía como actividad clandestina, subversiva, y, por lo tanto, su obra poética permanece inédita. Escribe poco y publica menos. Ha colaborado en Alacrán Azul, Guángara Libertaria, Linden Lane Magazine y Agulha, . Tiene en preparación dos libros, Las claves prometidas: proyección del surrealismo en la poesía cubana contemporánea, y Los intelectuales y el proceso político cubano (ensayos) y una novela. Fuera de Cuba desde principios de los 60, se estableció por casi 30 años en el área de New York, y desde 1991 reside en el sur de la Florida. A través de los años, se ha dedicado, en los menesteres de la vida diaria, más a los números que a las letras, en tareas que ha considerado, por lo general, más productivas que la literatura. Piensa que si vive hasta los 120, siempre en plena posesión de su intelecto (todavía en proceso de desarrollo), no sólo habrá de escribir y aun publicar otros libros y, así, eventualmente conquistar al menos el tácito reconocimiento de su obra literaria por parte de sus posibles lectores, sino que también habrá de resolver todos los enigmas y misterios de la vida y del universo. Hasta ahora no tiene idea alguna de esto último, pero continúa en la búsqueda incesante de siquiera un indicio, una clave, una pista que le permita, al fin, penetrar lo desconocido.

21 septiembre 2006

Cronología



1936 Nace Vicente Jiménez el 21 de febrero en Marianao, Habana, Cuba; Vicente M. Jiménez, padre, militar, y Belén Barrios, madre, modista.
1942 Después de asistir por un tiempo a la Escuela de Basilia, pre-kindergarten, en el Reparto de Hornos, asiste a la escuela y academia privada “Briseida Miranda” de Marianao donde permanece hasta completar la enseñanza primaria y superior e ingresar en 1949 al Instituto de Segunda Enseñanza de Marianao.
1943 Pasa el verano donde sus abuelos maternos, en la provincia de Pinar del Río, quienes viven campo adentro y muy modestamente. Tales vacaciones se repiten. Tiene, hasta hoy, memorias muy gratas de la vida en el campo tal y como la experimentara entonces.
1944 Ciclón destruye propiedades alrededor y amenaza derrumbar la vivienda en Marianao. Conoce a Orlando Velázquez con quien habrá de mantener una larga amistad y compartir inquietudes intelectuales así como una profunda afición al béisbol y a la música popular.
1945 Su padre, sargento del ejército, gana en sorteo una casa en el reparto Cabo Machín, a la entrada del campamento militar de Columbia donde, por una mínima renta mensual, vivirán hasta 1952.
1948 Ciclón, no tan devastador como el de 1944, azota el área.
1949 Gana el segundo premio por ensayo biográfico de Félix Valera en concurso a nivel de enseñanza superior en el municipio. Ingresa al Instituto de Mariano del que sale en 1954 como bachiller en artes y letras.
1950 Colabora en El País Gráfico, suplemento dominical de literatura juvenil del diario El País, donde también colabora Fayad Jamís. Se inicia en la juventud masónica en la que sirve activamente hasta la mayoría de edad.
1951 En la biblioteca del Instituto de Marianao descubre una colección de la revista Sur, y a través de ésta, a Borges, Sábato, Bioy Casares, Bianco, Mallea, Murena, Wilcock, Barbieri, Mastronardi, y, en traducciones al español, a Gide, Camus, T.E. Lawrence, Giradoux, Supervielle, Caillois, Valéry, Malraux, Sartre, Eluard. También descubriría en esos años a Octavio Paz, Unamuno, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, María Zambrano, García Lorca, Orwell, Joyce, Hesse, Huxley, Eliot, Moravia, Mann. En la biblioteca municipal de Marianao se encontraría con Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Francisco Romero, Alejandro Korn, Antonio Caso, Alberdi, Rodó, Américo Castro.
1952 Golpe militar del 10 de marzo. Su padre—así como todos los militares de su grado—es ascendido a oficial del ejército, con el grado de subteniente. Se mudan al Reparto Buen Retiro, en Marianao. Conoce a Fernando Palenzuela, con quien habrá de iniciar una larga amistad, compartir preocupaciones intelectuales y descubrir el romanticismo alemán (a través, particularmente, de El alma romántica y el sueño, por Albert Béguin) y el surrealismo francés (Lautréamont, Breton, Soupault, Péret, Eluard) y latinoamericano (Pellegrini, Molina, Braulio Arenas, Cáceres, Gómez-Correa, Moro, Westphalen). En el instituto, las clases de filosofía, historia y literatura son las que más le atraen. Con el profesor Raúl Gutiérrez Serrano diseña y realiza un plan de estudios y lecturas que incluye a Platón, San Agustín, el existencialismo, Ortega y Gasset, Vasconcelos, Mañach, la Revista Cubana de Filosofía. Conoce al joven poeta Álvar González-Palacios, con quien, además de compartir inquietudes intelectuales, establece amistad que ha de durar por muchos años.
1954 Ingresa a la Escuela de Derecho de la Universidad de la Habana. Pasa más tiempo en los pasillos discutiendo política y en la biblioteca leyendo las colecciones de las revistas Taller y Sur que en clase. Tiene encuentros y vivas discusiones en las clases de Derecho Constitucional y Economía Política con los profesores Ramón Infiesta y Guillermo Portela, respectivamente.
1955 Escribe una crítica de la película Carmen Jones que le gana una beca al curso de verano El cine como arte e industria de nuestro tiempo, en la Universidad de la Habana, dirigido por José M. Valdés Rodríguez. El interés en el cine de arte y la apreciación de la gran cinematografía no habrán de abandonarle nunca. Allí conoce a Julio Rodríguez-Luis, colaborador de la revista Ciclón, también amigo de Álvar González-Palacios. En una de las actividades del curso de cine es testigo de la intervención por un miembro de la audiencia, a quien luego identificara como José Álvarez Baragaño, en la que éste ataca duramente a los panelistas que discuten el tema del cine y la realidad social. Después lo conocería mejor y lo vería con frecuencia hasta poco antes que Baragaño abandonara el país perseguido por la policía de Batista. En una noche memorable, comparte una mesa en un café al aire-libre de 23 y 12, en el Vedado, con Baragaño y Guillermo Cabrera Infante, donde se habla de poesía, Borges, cine, ficción, Kafka, hasta tempranas horas de la mañana.
1956 Obtiene, por oposición, empleo en la Compañía Cubana de Electricidad. Matricula en la Escuela de Filosofía y Letras.
1957 La Universidad de la Habana cierra sus puertas indefinidamente por el recrudecimiento de la resistencia y oposición a la dictadura de Batista. Se matricula en la Escuela Profesional de Publicidad. Allí conoce a Carlos Allen Dosal quien años más tarde participaría en la invasión de Bahía de Cochinos, donde perdería un brazo, para terminar suicidándose en el exilio. También conoce a Carlos Miguel Suárez Radillo, escritor, quien dirige un grupo teatral (Suárez Radillo habría de abandonar el país eventualmente y adquirir considerable fama y renombre en los círculos teatrales de España y Latinoamérica). Muere su abuela materna. Contrae matrimonio con Iris C. Toledo García (Sancti Spíritus, 1937).
1958 Alvar González-Palacios y Julio Rodríguez-Luis se marchan a Italia y Puerto Rico, respectivamente, para continuar sus estudios universitarios. Participa en reuniones con jóvenes intelectuales, como Luis Marré, Roberto Branly, Graziella Pogolotti, Antón Arrufat, Manuel Díaz Martínez, entre otros, con quienes planea publicar una revista literaria que se llamaría Meridiano de La Habana, pero cuyos esfuerzos son abandonados al triunfar la revolución el 1ro. de enero. En la Escuela de Publicidad participa con Tony Evora y otros en un malogrado proyecto de revista literaria que se llamaría Pasquino.
1959 Triunfo de la revolución. Nace su primera hija, Beatriz, el 22 de enero. Se gradúa de la Escuela de Publicidad. Sin embargo, en uno de sus primeros discursos a los industriales y hombres de negocios en La Habana, Ernesto Guevara declara que la publicidad comercial es un invento capitalista y que, por lo tanto, no tiene lugar ni habrá de ser necesaria en la Cuba del futuro.
1960 Fernando Palenzuela publica sus primeros poemas en Lunes de Revolución, donde recibiera la acogida, el respaldo y el entusiasta reconocimiento de Cabrera Infante y Virgilio Piñera. Conoce, a través de Palenzuela, a José Antonio Arcocha, y, con ambos, reanuda la amistad con Baragaño. Asiste, como espectador, a un congreso de escritores, artistas e intelectuales en la Casa de las Américas. El ensayo Análisis Funcional de la Cultura, de Ezequiel Martínez Estrada, es premiado. Escribe una carta anónima a Martínez Estrada con una fuerte crítica al enfoque marxista del ensayo premiado, que aparece en una publicación clandestina del Movimiento Revolucionario del Pueblo. Participa en acto de protesta y demostración pública del Sindicato de Plantas Eléctricas, a lo largo del Paseo del Prado hasta el Palacio Presidencial, ante la creciente influencia y control por parte de los líderes comunistas de los varios gremios y organizaciones sindicales.
1961 Fernando Palenzuela y José Antonio Arcocha se marchan del país a Europa. Su casa es asaltada por miembros del servicio de inteligencia militar, donde éstos permanecen por horas registrando las premisas en busca de documentos comprometedores, bajo sospecha de conspiración contra la seguridad del Estado. En los días de la invasión de Bahía de Cochinos, amigos de la familia fueron detenidos y, en algunos casos, ejecutados sumariamente. Su única hermana, Ildara, sale del país en barco a España. Logra salir del país (con cinco pesos en el bolsillo), a México, el 17 de noviembre, donde su mujer e hija se le unen dos semanas más tarde.
1962 Viaja, con su esposa e hija, de México, D.F. a New York en un autobús de la línea Greyhound en los primeros días de enero. Se instalan en un pequeño apartamento amueblado en Hoboken, New Jersey, alquilado por su hermana recién llegada de España, donde meses más tarde se les unirían sus padres. Después de emplearse en un taller por cinco semanas, en marzo consigue empleo en una compañía de corredores de bolsa, en Wall Street, donde permanecerá por once años. También sus suegros logran salir de Cuba y, asimismo, establecerse en Hoboken.
1963 Nace su hijo, Walter, el 1ro. de septiembre, en Union City. Emprende la lectura, en el inglés original, de los autores y títulos más sobresalientes de las literaturas norteamericana e inglesa contemporáneas y algunos entre los considerados clásicos de ambas literaturas: Shakespeare, Whitman, Eliot, Stevens, Ashbery, James, Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Crane, Fitzgerald, Conrad, Nabokov, Joyce, Barthelme, Pound, Auden, Bellow, Roth, Orwell, Huxley, Auster, Sontag, Heller, Greene, Twain, Dickinson, Williams, O’Neill, Cummings, Wilson, Cheever, Capote, Salinger, Mailer, Miller, Pynchon, Barth, Updike, Shaw, Lawrence, Beckett, Melville, Emerson, Austen, Chesterton, Wilde, Milton.
1968 Restablece contacto con José Antonio Arcocha en New York.
1969 Se bautiza en la iglesia mormona. Se matricula en Saint Peter’s College, Jersey City, donde en 1973 se gradúa magna cum laude en contabilidad.
1971 Colabora en la revista Alacrán Azul, de Miami, editada por Arcocha y Palenzuela, con artículos sobre Baragaño, Breton y Tzara.
1973 Nace su hija, Rachel, el 17 de julio. Es empleado por una de las mayores compañías de seguros en New York donde termina como vicepresidente.
1982 Muere su suegro, José Elías Toledo.
1985 Termina su afiliación con la iglesia mormona.
1988 Muere su padre. Es empleado por una firma de inversiones en bienes raíces de New York como vicepresidente de administración y finanzas.
1990 Muere su suegra, Cándida García.
1991 Termina su empleo en New York y se traslada a la Florida, donde emprende una carrera en servicios de contabilidad, asesoría y administración de negocios. Publica en Guángara Libertaria “Vindicación de Baragaño”, en réplica a artículo de Fausto Masó en Linden Lane Magazine.
1992 Publica en Guángara Libertaria “Guillermo Cabrera Infante, Luis Ortega y la traición de los intelectuales”, en respuesta a artículos de Ortega en El Diario/La Prensa de New York y Guángara de Miami.
1995 Termina su matrimonio de 37 años.
1996 Viaja a Chile en asuntos de negocios y es invitado por sus amigos chilenos a realizar un viaje relámpago a La Habana. Pasa en La Habana, sin dormir, 48 horas, en las que visita su barrio y transita las calles de la Habana Vieja.
1997 Conoce a Irene Judith Vargas, venezolana, en el piano bar del restaurante Hereford Grill, en Miami, y se enamoran.
1998 Muere José Antonio Arcocha en Miami.
1999 Contrae matrimonio con Irene en el restaurante Hereford Grill, donde se conocieran.
2002 Escribe “Carta a un amigo venezolano” que circula ampliamente en la red. Otros artículos, como “Carta abierta a Emilio Ichikawa” (sobre el desencuentro cultural en el exilio) y “Sobre la ‘regeneración de Cuba’: una lección de Unamuno”, no fueron aceptados para su publicación por la revista Encuentro de la cultura cubana de Madrid y el diario El Nuevo Herald de Miami, respectivamente.
2003 Restablece contacto con Julio Rodríguez-Luis y Álvar González-Palacios, con quienes se reúne en Madrid. Escribe “Imagen y meditación de Cuba en su historia reciente”, una crónica del libro Memoria de Cuba, por Julio Rodríguez-Luis, que no es aceptada para su publicación por la revista Encuentro de la cultura cubana de Madrid.
2004 Colabora en Linden Lane Magazine, donde publica el ensayo “Las claves secretas de José Antonio Arcocha”.
2005 Muere su madre. Actualmente se ocupa en la preparación y mantenimiento de su página personal en la red (“blog”) y, con Fernando Palenzuela, en la edición de la revista digital Alacrán Azul, la misma que se publicara originalmente en 1970-1971. Tiene en preparación tres libros: Las claves prometidas: proyección del surrealismo en la poesía cubana contemporánea, y Los intelectuales y el proceso político cubano (ensayos), y una novela.

16 septiembre 2006

El Surrealismo en Cuba

I

Es sabido que la llama del surrealismo prende y se agiganta vivamente en Europa —en Francia, particularmente— durante el período entre las dos guerras. Lo que suele olvidarse, si no ya ignorarse por completo, es que casi al mismo tiempo la Revolución Surrealista tiene lugar en nuestro Hemisferio, aunque entre nosotros acaso no haya salido aún de la clandestinidad. André Breton, sin embargo, sabía de las condiciones ideales para el surrealismo que ofrecen nuestros países y así lo expresó alguna vez. Claro que ya habíamos tenido en nuestro continente una anticipación fulminante de la visión surrealista del mundo en Isidoro Ducasse, Conde de Lautréamont, nacido en Montevideo en 1846, quien fuera sin duda el más grande fecundador del movimiento. Tanto Aldo Pellegrini (Antología de la poesía viva latinoamericana, 1966) originalmente, como luego Stefan Baciu (Antología de la poesía surrealista latinoamericana, 1974) y, recientemente, Floriano Martins (Un nuevo continente: antología del surrealismo en la poesía de nuestra América, 2004) han intentado con variado éxito reunir, en sendas antologías, muestras vivas de la presencia del gran movimiento surrealista en la mejor poesía latinoamericana. La de Pellegrini no aspira a ser una antología de la poesía surrealista solamente, y la de Baciu sufre de un academicismo exclusivista que pretende arbitrariamente redefinir el surrealismo. La antología de Martins presenta, por primera vez, a poetas del Brasil, Canadá, Estados Unidos, Martinica y República Dominicana, pero excluye, sin embargo, a poetas como Octavio Paz (México), Jorge Cáceres (Chile) y José Alvarez Baragaño (Cuba), a más de los poetas nacidos a partir de los años sesenta. Martins, notable poeta y ensayista brasileño, publica, con Claudio Willer, una excelente revista digital, Agulha, que desde hace tiempo realiza una encomiable tarea de divulgación del surrealismo en nuestra América, en portugués y español. Y estos días prepara una nueva edición de Un nuevo continente que habrá de corregir las omisiones de la original, así como un estudio de la joven poesía surrealista que se escribe en Latinoamérica.

Con todo, la significación del surrealismo en la América Latina y el Caribe apenas es reconocida: se habla de Matta y Lam en la pintura y de Octavio Paz (quien, sin embargo, se consideraba a sí mismo sólo “tangencialmente” surrealista) y Aimé Césaire en la poesía, pero se ignora a muchos otros artistas fieles a su visión surrealista del mundo: pienso en el mismo Aldo Pellegrini, Enrique Molina, Alejandra Pizarnik, Francisco Madariaga y Olga Orozco, en la Argentina; los también poetas Braulio Arenas, Enrique Gómez-Correa, Teófilo Cid, Jorge Cáceres y Ludwig Zeller, chilenos, como el pintor Matta; el poeta-pintor César Moro, acaso uno de los más grandes poetas surrealistas en cualquier lengua, y Emilio Adolfo Westphalen, peruanos; Sergio Lima y Roberto Piva en Brasil; en Venezuela, Juan Sánchez Peláez y Juan Calzadilla; junto a la poesía de Paz, Marco Antonio Montes de Oca y José Carlos Becerra, en México, se destaca la fotografía de Manuel Alvarez Bravo; y en el Caribe a más de Aimé Césaire (oriundo de Martinique) está la presencia fulgurante del poeta haitiano Clément Magloire Saint Aude, así como la del dominicano Freddy Gatón Arce... Asimismo, vale señalar que la actividad surrealista de la mayoría de estos grandes poetas latinoamericanos —algunos de los cuales también fueran o aún son destacados artistas plásticos—, y de los grupos surrealistas que se organizaran en algunos de nuestros países, particularmente en Argentina, Chile y Brasil, quedó ampliamente documentada en legendarias revistas si bien de precaria existencia y pobre distribución. Así, es, precisamente, Pellegrini quien funda en Buenos Aires el primer grupo surrealista de habla española en 1926, apenas dos años después de la aparición en París del primer Manifiesto del surrealismo, y en 1928 publica Que, la primera revista surrealista en Latinoamérica. Casi inmediatamente después de la aparición de un segundo y último número de Que en 1930, el grupo se disolvió. Mandrágora (Chile, 1938-1943) le daría el nombre al grupo surrealista que formaran Arenas, Gómez-Correa, Cid y Cáceres, entre otros. Otras notables revistas de proyección surrealista son Dyn (México, 1942-1944), La Poesía Sorprendida (República Dominicana, 1943-1947), y A partir de 0 (Argentina, 1952-1956). En nuestros días, el surrealismo en el arte y la poesía latinoamericanos sigue vivo. Así, vive aún, sobre todo, en Ludwig Zeller y Susana Wald (actualmente en México), Sergio Lima, Roberto Piva, Claudio Willer y Floriano Martins (Brasil), Juan Calzadilla (Venezuela), Alejandro Puga (Argentina), Raúl Henao (Colombia), Fernando Palenzuela (Cuba), y en los jóvenes de los grupos Derrame (Chile), DeCollage (Brasil) y Etcétera(Argentina), entre otros.

¿Y en Cuba? Aparte de la hechizante pintura-poesía de Wifredo Lam (1902-1982) ¿hay en nuestra isla otras huellas del paso centelleante del huracán surrealista? Por lo pronto, en la pintura y escultura cubanas, las señales del surrealismo no sólo son bien evidentes sino también generalmente reconocidas desde los años treinta hasta hoy: a más de Lam, hay que señalar inmediatamente a los también pintores Carlos Enríquez (1900-1957), Roberto García York (1925-2005), Agustín Fernández (1928-2006), Joaquín Ferrer (1929), Jorge Camacho (1934), Ramón Alejandro (1943), Carlos Alfonso (1950-1991), y el escultor Agustín Cárdenas (1927-2001); también la pintura y, sobre todo, la fotografía de Jesse Fernández (1924-1986) son testimonios relampagueantes de un auténtico surrealismo. Pero ¿y la poesía?

II

Situación de la poesía en Cuba

Si bien el surrealismo nunca se organizó como movimiento en Cuba, sí hemos tenido poetas de poderosa expresión surrealista, y, en algunos casos, de una rica visión surrealista del mundo. Después de todo, los cubanos no somos dados a la formación de grupos o movimientos, literarios o políticos. De hecho, la poesía cubana, en trazos generales, ha tenido una trayectoria histórica que va desde el modernismo de la segunda mitad del siglo XIX, a través del vanguardismo —pobremente entendido y practicado en Cuba— de las primeras décadas del siglo XX, seguido por el período barroco representado particularmente por ciertos poetas del grupo Orígenes, hasta dar paso a la poesía social y conversacional que se manifiesta mayormente durante el llamado proceso revolucionario de los últimos cuarenta y tantos años. Por otro lado, las antologías de poesía cubana, tanto las editadas en la Isla como en el exterior, en el pasado o en nuestros días, suelen tener sus propias agendas, acusan un provincianismo muy marcado, y, por encima de todo, son muy cuidadosas en excluir a los poetas que escapan a encasillamientos fáciles, quiero decir, los “raros” y, por ende, los surrealistas.

No se trata aquí, sin embargo, de hacer distinciones puramente académicas como las propuestas por Baciu entre la poesía genuinamente surrealista y la meramente "surrealizante" o “parasurrealista”, ni tampoco de buscar expresiones poéticas ocasionales que acaso linden en lo formal con el surrealismo, en la obra de poetas con otras miras y de variada estirpe, o de identificar sólo aquellos poetas auténticamente representativos del surrealismo en Cuba. Se trata, eso sí, de seguirle las huellas a la poesía surrealista en Cuba, a las que, por cierto, no se les encuentra en ninguna de las más renombradas revistas literarias cubanas de la primera mitad del siglo XX, como la Revista de Avance(1927-1930), Verbum (1937), Espuela de plata(1939-1941), Nadie parecía(1942) y Orígenes (1944-1956), aunque sí —notable excepción— en Lunes de Revolución(1959-1961). Tampoco se las encuentra en antologías como, entre otras, La poesía moderna en Cuba(Madrid, 1926), por Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro, o La poesía cubana en 1936(La Habana, 1937), por Juan Ramón Jiménez; ni, por supuesto, Cincuenta años de poesía cubana(La Habana, 1952), por Cintio Vitier; ni, ya en nuestros días, La poesía de las dos orillas: Cuba 1959-1993 (Madrid, 1994), por León de la Hoz, o Poesía cubana del siglo XX (México, 2006), por Jesús J. Barquet y Norberto Codina.

Si algún grupo cubano pudiera acercarse al modelo surrealista sería acaso el Grupo “H”, organizado en Santiago de Cuba por los años veinte.

El surrealismo en la poesía cubana

III

Franklin Rosemont, en su ensayo André Breton and the first principles of surrealism (Chicago, 1978), menciona brevemente al "poeta cubano Juan Breá... (quien) libró la lucha por el surrealismo en Cuba y en el exilio" durante los años treinta y cuarenta. Fue de junio a diciembre de 1928 que empezó a aparecer todos los lunes, en el Diario de Cuba, la “Página Literaria del Grupo H”, dirigida por Juan Breá (1906-1941). Miembros activos del grupo y colaboradores fueron Julián Mateo, Francisco Palacios Estrada, Alberto Santa Cruz Pacheco, Manuel Palacios Estrada, Lino Horruitiner, Lucas Pichardo, Amador Montes de Oca, Carlos González Palacios y Leonardo Griñán Peralta.

Mary Low (Orígenes, Año XIII, No. 40, 1956), quien años más tarde conocería a Breá en París y le acompañaría hasta la súbita muerte de éste en 1941, describe así cómo nació aquel grupo: “Por los años veinte, en Santiago de Cuba, [...] un grupo de jóvenes ardientes y desconocidos resolvieron dar nuevas formas y nuevas fauces al espíritu cubano. Su amplio gesto de aventura lo iba a comprender todo: literatura, acción, ideas. Un instinto lúcido y combativo, un ingobernable hastío de lo manido y lo falso, los había reunido con el propósito de salvar al país de su incuria, su languidez y su retraso cultural... Uno de ellos, Juan Breá, figura de fuego que habría luego de destacarse sobre el escenario revolucionario y literario de varios países europeos, se brindó para asaltar la ciudadela de la opinión pública y burguesa... Este muchacho, que iba a ser luego uno de los primeros conspiradores responsables del derrocamiento de [el dictador] Machado, a andar por muchas tierras de exilio tras muchas prisiones políticas, a pelear en los frentes revolucionarios de España, y a destacarse finalmente en los círculos surrealistas de París y Praga, era ya cabalmente un poeta y un inconforme... Aunque [...] Breá permaneció toda la vida ignorado del gran público, merced a su propia incuria, los poetas de aquí y de allá muy pronto lo reconocieron como uno de los suyos... Pero el Grupo H, aunque sin aparente rango histórico ni resonancia nacional, logró estampar su sello en la poesía cubana. Es verdad que ocupó un momento breve y fugaz; que su brillo no pareció extenderse más allá de su Oriente natal; que se apagó en silencio. Sin embargo, fue la mecha que encendió el polvorín. Todos los que escribimos hoy les debemos un poco las gracias a esos jóvenes tan dolorosamente olvidados.”

En una nota al libro de poemas de Mary Low, Where the wolf sings (Black Swan Press, 1994), Franklin Rosemont escribe: “Una fuerza mayor en el desarrollo de la vanguardia en su tierra nativa —su Grupo “H” fue la única contraparte en la isla de tales corrientes como el surrealismo en los años veinte— Breá fue también fundador del trotskismo cubano. Low y Breá se conocieron en París en 1933, recién salido éste de la prisión política cubana... y en pocos meses ambos eran asiduos participantes en las reuniones del grupo surrealista. [...] Entre sus amigos más cercanos estaban Benjamin Péret, con quien compartían una activa participación en el movimiento trotskista (Péret había militado en la izquierda oposicionista en Brasil en 1929-1931), y Oscar Domínguez. También conocieron bien a André Breton, Paul Eluard, Meret Oppenheim, Jacques Hérold, Yves Tanguy, Georges Hugnet, y después a Esteban Francès, Remedios Varo, Wifredo Lam y muchos otros. La participación de Low y Breá en el surrealismo no fue, sin embargo, confinada a París. En realidad, en toda la historia del movimiento puedo pensar en muy pocos que hayan cubierto tanto territorio y se hayan sentido tan bien en medio de tantos grupos surrealistas como estos dos infatigables nómadas surrealistas.”

Así, en los años treinta, en Bucarest, Bruselas, y Praga harían amistad con prominentes surrealistas, izquierdistas y anarquistas como Victor Brauner, René Magritte, Paul Nogué, E.L.T. Mesens, Jindrich Heisler. Entre 1936 y 1937 Breá y Low pelearon en España, experiencia que relataron en su primer libro, Red Spanish Notebook, publicado en Londres en 1937. En 1938 publicaron una colección de poemas en francés, La Saison des flûtes, bajo el sello Editions Surréalistes en París (en 1986 este libro fue reimpreso por Arabie-sur-Seine con un prólogo de Edouard Jaguer). En La Habana, en 1942 y 1943 aparecieron, póstumamente, Poemas de entonces, de Juan Breá, con una introducción de Mary Low, y La verdad contempóranea (ensayos), de Breá y Low, con un prefacio de Benjamin Péret, “importante obra”, según Rosemont, “vergonzosa pero característicamente ignorada por los académicos expertos en surrealismo”.

Mary Low escribe en la introducción a Poemas de entonces: “Aquí alcanzó Breá su máximo punto lírico, aquí su fantasía corre coruscante y sin frenos, aquí se entrega a imágenes inquietantes y comparaciones sorprendentes”:

Allá entre dos continentes
sembraré mi isla
(redonda y sin norte)
como un horizonte
y tiraré de mi pipa
mi último canto de ceniza,
cinta que baja lenta
para aplastarme dulcemente el cielo.
Nada se parece tanto al hombre
como un animal que duerme.
Habrán árboles llenos de victrolas
y un solo río loco
que ha perdido el camino de la mar.


(“Mi Isla”)

Alquimia del recuerdo(La Habana, 1946), con ilustraciones de Wifredo Lam y prólogo de Alberto Baeza Flores, está dedicado por Mary Low a Juan Breá (el libro fue reeditado por Editorial Playor, Madrid, 1986). Allí escribe Low:

Mi ser esencial late
con el ritmo de mares antiguos,
arrastra quimeras de plata
y el peso blanco del jamás.

Mi ser esencial clava
una lanza en el horizonte
se quiebra sobre las piedras
y renace sin querer;

conoce los caballos del cielo,
corre con lunas sin frenos,
duerme su amargo descanso
entre los recuerdos y los olvidos.

Mañana no es para mí,
ayer no retrocede;
mi ser esencial juega
con los aires de un tiempo imposible
.

(“Mi ser esencial”)

En correspondencia a Edouard Jaguer, Mary Low, quien viviera en Cuba durante los últimos años de la dictadura de Batista y los primeros de Castro, parte de la Isla definitivamente en 1965 desencantada (“después de la llegada de los rusos todo cambió”) con la revolución. “Sin duda —comenta Jaguer en el prólogo a La saison des flûtes—, esto no sorprendería a aquellos que desconfiaron por mucho tiempo del Caudillo enfundado en su traje verde olivo: ¿cuántos revolucionarios de la primera hora están aún estancados en las cárceles castristas?”.

IV

Baciu, al esbozar someramente la proyección del surrealismo en los países del Caribe, escribe: “En 1939 llegó a La Habana el poeta chileno Alberto Baeza Flores, cargando en sus baúles varios documentos valiosos. Para comprender mejor este acontecimiento, daremos la palabra al propio poeta:

Yo llevé a la República Dominicana desde Cuba unos números de La Revolution Surréaliste, que Neruda adquirió en París, dio en Santiago de Chile a Jorge Cáceres y éste me regaló a mí y yo llevé a La Habana en 1939 y luego a la capital dominicana. También llevé Minotaure y de allí fuimos traduciendo. (De Alberto Baeza Flores a Stefan Baciu, San José de Costa Rica, febrero de 1971.)”

Y agrega Baciu: “La huella del más puro surrealismo latinoamericano va, pues, desde Santiago de Chile hasta la capital cubana y desde allí a Santo Domingo”.

Esa huella, sin embargo, se pierde en La Habana donde no es sino hasta 1952 que irrumpe en el apacible ámbito de la poesía cubana una legítima voz surrealista en José Alvarez Baragaño (1932-1962), quien, por cierto, sólo mereció la siguiente mención en la antología de Baciu: “Debe también ser mencionada la poesía de José Baragaño, poeta mal conocido”. Baciu escribe en 1974, doce años después de la temprana muerte del poeta, quien para entonces ya había publicado sus tres libros capitales de poesía: Cambiar la vida (Editorial Le soleil noir, París, 1952), El amor original (Ediciones Castor, La Habana, 1955) y Poesía, revolución del ser (Ediciones R, La Habana, 1960), y el ensayo Lam (Sociedad Colombiana Panamericana, La Habana, 1958).

En 1951 Baragaño abandona los estudios universitarios en La Habana y parte hacia Europa. En París colaboró en Le Premier Bilan del’Art Actuel y en las revistas Cahiers Le Soleil Noir, Positions, Espacio y Panderma. Hizo amistad con André Breton, Benjamin Péret y Jacques Hérold, entre otros, y asistió a las reuniones del grupo surrealista. Viajó por España e Italia. De vuelta en Cuba en 1954, tuvo que abandonar la isla en 1958, perseguido por la policía de Batista. Tras su regreso definitivo a Cuba en 1959, trabajó como columnista en el diario Revolución y colaboró en el suplemento literario Lunes de Revolución, cuyo fundador y director fuera Guillermo Cabrera Infante. Dictó clases de francés y de historia del arte y de la literatura en la Escuela Profesional de Periodismo de La Habana, y pronunció conferencias, no recogidas en libro, sobre pintura y filosofía.

Virgilio Piñera llama Poesía, revolución del ser un “libro de gran eficacia poética”, y agrega: “Sin otros presupuestos que los de la poesía, Baragaño va integrando en los distintos poemas de su libro algo sin lo cual la Poesía, el Arte todo, no sería más que mero discurso. Es decir, una concepción del mundo... y lo que es de mayor importancia, asumida desde el delirio poético y sin conexión alguna con los modos lógicos de pensamiento”.

He aquí las enumeraciones memorables de “Escrito contra mí”:

¿Y esto que es el hombre
Me perderé y lo perderé de vista?
[...]
Este hombre que soy no es acaso el hombre
Hecho a mi terror a mi semejanza
Escrito en mi palabra destruido en mi palabra
En mi hombre de huesos de ceniza
En mi hombre de vida de perro
En mi hombre de verdad y de miedo
En mi hombre torturado y vejado
En el fondo de naves bajo lámparas
Es mi hombre clavado contra el ser
Es mi ser clavado contra el hombre


Ya en “El amor original” se había preguntado:

¿Soy un poeta?
No en el sentido que tú lo entiendes
Tú que ves en una rosa un cuerpo blanco que se levanta sobre un tallo
Esa rosa que es el mensaje en varias lenguas de niebla
Y uso demasiadas palabras para ser pariente de Igitur
Vivo en el mundo de los sueños y no del mundo de lo que sueño
De lo que me sueña se alimenta mi porción angélica


Baragaño (“¿Por qué la poesía?”, Lunes de Revolución, 25 de enero de 1960) creía que “poesía es ese habitar en poeta, la total develación del ser en lo abierto o la simple acción del sueño y la imagen... Esa revelación del ser que nadie puede penetrar, la intensidad feroz y combativa que es la poesía, que habla con la primera palabra, no se detiene uniendo palabrejas que se consideran “poéticas”, sino viviendo peligrosamente la vida. Pero vivir peligrosamente es algo más que correr riesgos. Es abandonar toda atadura, nadar sobre el encarcelamiento del hombre contemporáneo; romper la red de las alienaciones y ser absolutamente poetas”.

Cuando yo lo conocí, a mediados de los años cincuenta en La Habana, Baragaño no creía en la viabilidad de una revolución en Cuba y se identificaba más bien con el anarquismo. Gozaba entonces de una bien ganada reputación de “poeta maldito” que se burlaba de la cultura oficial en Cuba. No le publicaban su poesía en las revistas literarias de la época. Pasaba hambre y saltaba de un hotel a otro (casi siempre abandonando pertenencias personales, libros y manuscritos), justo antes que lo echaran por falta de pago. Con el triunfo de la revolución, escribió columnas y artículos encendidos en que denunciaba a los insumergibles de la cultura, a los intelectuales que nunca se habían interesado por la política en el pasado pero que ya buscaban cómo integrarse a las filas de la revolución triunfante. Atacó a José Lezama Lima y al grupo de la revista Orígenes por lo que éstos representaran en el escenario cubano, en lo cultural así como en lo político. Hizo, en La Habana cundida del fervor revolucionario de 1959-1961, así como en los tiempos difíciles antes de la revolución, más enemigos que amigos. Permaneció fiel a la revolución hasta su inesperada muerte, sin haber cumplido todavía los treinta años de edad, víctima de la rotura de un aneurisma cerebral, aunque se cree que ya empezaba a criticar duramente a la nueva cultura oficial y a los stalinistas que la dirigían. Baragaño, en “Himno a la muerte”, había escrito: “Mientras la libertad y el amor se me dispersan / Tengo una cita informal y constante con la muerte / ¡Bello aún el tiempo nada ordena!”. Como poeta, llegó a escribir poesía que él creyó necesaria en aquel momento, poesía cargada de marcado contenido social, “en un intento por aprehender la nueva realidad” (Enrique Saínz, prólogo a José Alvarez Baragaño: Poesía color de libertad, UNEAC, La Habana, 1977, volumen que recoge la poesía publicada más poemas inéditos y otros no recogidos en libros).

V

Desaparecido Baragaño, quedan entonces en Cuba el pintor y poeta Fayad Jamís (1930-1992), mexicano, autor de Los párpados y el polvo (1954), una temprana colección de textos poéticos de gran aliento surrealista, y la poeta y escritora Nivaria Tejera (1930). Habían contraído matrimonio en 1952 y marchado a París en 1954. Así describe Nivaria Tejera (entrevista por Pío E. Serrano, Encuentro, No. 39, invierno 2005-2006) los años de La Habana:

“Nos reuníamos sin brújula en los cafés destartalados, en las librerías, comentábamos, acumulábamos, aprendíamos a conocernos sin máscaras, sin destino. Pero íbamos escribiendo y, como a hurtadillas, atisbando misterios, madurando incertidumbres y espejismos, formando un grupo de poetas con Oraá, Marré, Baragaño, Escardó, como el desvío de la excesiva realidad”... Con ojos febriles de eterno desvelado, Fayad reflejaba nuestro desamparo: “Yo traído del miedo, de la rutina, del llanto, / sangre de tinieblas, viento de inmensas llamas / preparo mis gastados equipajes, mis papeles sin rúbrica / mis años, mis sudores: / todo ese remolino de serrín en que vivo... Cierro las puertas y la mancha de mis párpados / y huyo más del cielo, descendiendo de escalón en escalón, de muerte en muerte”, clamaba en Los párpados y el polvo”.

Y los de París:

...“fue el conocer a Breton y a Péret lo que me integró a esta ciudad. Asistiendo a algunas de sus reuniones, el viaje a París tomaba su real dimensión. Puesto que el surrealismo me filtraba otra manera de ver y sentir el mundo, me adherí a él sin reservas. Aquellos alucinados plasmaban con su pendular hasard objectif la poesía de lo cotidiano; cualquier gesto convertía en algo más la función del ser-existir; el mito regía los actos, como en la Grecia antigua: todo era un presente total, una “exigencia-enigma” autómata al acecho de todo. Yo no creía a mis ojos... Las prisiones y libertades asfixiadas que cargaba dentro se justificaban al descubrir, con Nadja, que París estaba “atravesada de significaciones mágicas”... Es otro modo de caminar por la vida, este movimiento de individuos, y me integré a ellos como uno más. Era un movimiento y no un partido. El único al que he pertenecido”.

De vuelta en La Habana en 1959, ambos se incorporan a la revolución, pero en 1965 Nivaria Tejera abandona “la pesadilla de un yo manipulado de manera absoluta, silenciado” y regresa a Francia. Jamís, por su parte, se instala cómodamente en aquel ámbito tan poco propicio a la creación poética al no existir la libertad individual y, así, en su obra subsecuente se observa con claridad cómo el militante revolucionario le gana la partida al poeta, a expensas, por supuesto, de la poesía misma. Fuera de Cuba, sin embargo, el surrealismo continuaría manifestándose con gran fuerza y renovado ímpetu en la obra de los poetas que tempranamente denunciaran la farsa de la revolución cubana y se marcharan al exilio.

VI

Carlos M. Luis (1932), poeta, escritor y pintor, ha publicado varios libros y participado en Francia en exposiciones del grupo surrealista. Partió de Cuba en 1962. Los poemas recogidos en Entrada en la semejanza (New York, 1972) representan, según el autor, “veinte años de exploración poética”. “La poesía —escribe Luis— posee algo de utópico, algo que tiende hacia la abertura constante de nuestra existencia. Esa abertura es el espacio de la libertad. Poesía y libertad son sinónimos; suprimiendo la una se mutila la otra”. En efecto, la mejor poesía de Luis es testimonio apasionado y a la vez lúcido de los hallazgos y descubrimientos a que sus investigaciones poéticas le guían misteriosamente; y, asimismo, ratifica la validez última de los principios y los temas que en tales momentos rigieran y formaran su visión surrealista del mundo: el amor, la libertad, el ser, la existencia, los elementos, la luz, la verdad, la muerte. Así:

Recortados sobre el océano
rodamos hacia el alfabeto del Sabbat
una boca perdida pronuncia nuestro nombre
donde el mundo ajeno es el relámpago seminal
el pasado es una máscara manchada
y su enano ha visto al día jueves perder su contorno
para limpiar el espejo que cubre al mundo
porque guardamos líquenes de alquitrán
cráteres umbilicales
talismanes ojeras
ojeras Martinica
Martinica Haití
Haití escorpión
escorpión labio de sal
porque escondemos
al dios guadaña los murciélagos Wifredo Lam


(De “A André Breton”)

Luis, sin embargo, en el transcurso de sus exploraciones de lo poético ha tomado rumbos que le apartan decisivamente de una auténtica visión surrealista del mundo. Su formación católica y su identificación personal con Lezama Lima, en los últimos años de la revista Orígenes, en La Habana de los años cincuenta, le ganaron, por una parte, el escarnio de Baragaño (se les sabía, dentro de los círculos intelectuales de la capital, enemigos irreconciliables, a pesar —o quizás en razón misma— del interés por el arte y la poesía surrealistas que ambos compartían); mas, por otra parte, aquellas otras actividades e intereses que le situaban de hecho en las antípodas del surrealismo le ganaron, precisamente, la entrada en Orígenes, lo cual para Luis era logro mayor. Así, el poeta experimentaría también con unos textos más o menos poéticos en que el fervor religioso —o, más exactamente, católico— y, en sus mejores momentos, un cierto misticismo de nuevo cuño habrían de obliterar casi por completo al poeta capaz de atrapar la “surrealidad”, y, últimamente, con lo que se ha dado en llamar “poesía visual”.

De todos modos, ahí queda la obra poética de este investigador y estudioso del surrealismo francés en la que a veces resuena la expresión surrealista, aunque acaso permanezca en duda su autenticidad.

VII

Uno de los poetas cubanos contemporáneos de más auténtica expresión surrealista es José Antonio Arcocha (1938-1998). En La Habana, donde viviera en sus años de estudiante hasta su partida hacia Europa en 1961, conocería a Fernando Palenzuela y a José A. Baragaño, quienes habrían de influir decisivamente en su formación como escritor y poeta. Luego de frustrados intentos de radicarse en España, Alemania, Luxemburgo y Bélgica, logró establecerse por relativamente largos períodos de precaria existencia en New York, Puerto Rico, New Jersey y, finalmente, Miami. En 1970 Arcocha colaboró con Fernando Palenzuela en la fundación y co-dirección de Alacrán Azul, revista de arte y literatura con sede en Miami, cuyos dos únicos números destacaron y son recordados todavía por su rara calidad y sorpresiva aparición en el páramo editorial y cultural que era Miami entonces. Publicó tres volúmenes de poesía: El reino impenetrable (New York, 1969), Los límites del silencio (Madrid, 1971) y La destrucción de mi doble (Madrid, 1971), y una colección de cuentos breves, El esplendor de la entrada (Madrid, 1975), que recogía relatos que habían sido escritos muchos años antes. (Con la publicación de La destrucción de mi doble, Arcocha anunció que no planeaba escribir otros libros, y así lo cumplió.) Sagaz manipulador de la forma poética, explorador subterráneo de los orígenes, apasionado exorcista en perenne batalla con los fantasmas que le acosaban incesantemente, Arcocha se sitúa desde temprano en el centro mismo de la gran vertiente surrealista que surte la poesía contemporánea y que se inicia en los círculos surrealistas de París por los años veinte.

Aquí está la voz del poeta:

He logrado descifrar el delirio de los cristales
Las hormigas enmascaradas anhelan el incendio de las estatuas
Y un clima de alambre donde se desgarra el monarca
Al polvo despiadado sobre los andamios de la fatiga
Al conjuro de las espinas al veneno en las flautas
Opongo los mitos del sueño los peces en el follaje


(De La destrucción de mi doble)

Nunca más tus ojos que traspasan la niebla
No hay sílabas para tus senos de relámpago bajo la lluvia
Aquí ya hay sólo corales de realidad que esperan el desembarco
Los volcanes del archipiélago indonesio
Y la espada que reluce con la sangre de la dialéctica
Son signos visibles del huracán que anuncia los días de Octubre
Llegaremos galopando el alba con el ras de los mares
No habrá piedad para las naves siniestras
Una escuadra de buques fantasmas ya avizora el castillo
Un salva de libros un arabesco de páginas
Inician su danza en las garras mismas del tigre
Se esfuman las puertas de la prisión y los guardianes con ellas
Ennegrecen los cabellos en la raíz del silencio
Como en sueños hemos asesinado al ángel de la espada flamígera
Es pasto de las llamas un solo árbol del bosque.


(De Los límites del silencio)

Arcocha murió como vivió, solo, en el horror del exilio que no supo cómo conquistar, víctima—como tantos otros—de las fuerzas que le hicieran abandonar su patria (que era, más que Cuba, La Habana) y transitar un mundo extraño, como si hubiera sido de otro planeta; odió al tirano (“sólo tú eres responsable del éxodo”) y amó la libertad, y apreció, sobre todo, la inteligencia, la amistad, las palabras, la escritura, la expresión exacta, los misterios del acto creador, la poesía eterna.

VIII

Fernando Palenzuela (1938) y José Alvarez Baragaño son hasta hoy los máximos exponentes de la poesía surrealista en Cuba. Palenzuela conoció a Baragaño en La Habana de los años cincuenta. En 1960, cuando los primeros poemas de Palenzuela (como “Fernando Pazos”) aparecieran en Lunes de Revolución, Virgilio Piñera exclamaría: "He aquí a un poeta". En 1961 marcha a Europa, viajando por España, Francia y Alemania, principalmente, hasta 1962 cuando se radica en los Estados Unidos. Por una década abandona toda actividad literaria, preocupándose más por la poesía de la acción en el mundo que por la acción de la poesía sobre éste. De vuelta a la creación poética funda y co-dirige, junto a José Antonio Arcocha, la revista Alacrán Azul (1970-1971). Su primer libro, Amuletos del sueño (Salamanca, 1972), de gran calidad, recoge poemas escritos entre 1958 y 1962. Alberto Baeza Flores escribió: "Amuletos del sueño [del cubano Fernando Palenzuela] es un libro de continuas asociaciones incesantes, con delirios, con pasos mágicos en la ebriedad del inconsciente, que nos permite descubrir zonas secretas del ser. Está entre el sutil y penetrante resplandor mantenido de Eluard y el huracán de acerado clima de ciertos tonos de Breton. Está en la línea de los poetas chilenos de Mandrágora y en la de César Moro y Emilio Adolfo Westphalen. Con esto creo subrayar la importancia del libro de Palenzuela dentro del surrealismo latinoamericano".

La poesía, según Palenzuela, “significa mucho más que una mera gimnasia del espíritu". Piensa, como Artaud, que "la poesía debe ser una especie de develamiento del ser, una proyección de lo absoluto sobre la realidad", y añade: "la poesía y la creación poética [son] algo más que un mero quehacer formal, o pasatiempo de ocasión, o planificado cotejamiento de palabras, más o menos dichoso, sino, antes bien, la expresión misma del ser... En definitiva, no creo que la poesía consista en descifrar lo indescifrado, sino en conocer lo indescifrado que está en uno". Por años Palenzuela se dedica a tales investigaciones, las que resultan en un segundo libro de poemas recién publicado, La voz por enterrar(Denver, 2006). Tiene en preparación otro volumen de poesía, Esfera Inacabada.

Hay en la poesía de Palenzuela una búsqueda incesante de las claves de lo maravilloso, de los secretos de la creación poética —una exploración de los temas esenciales de toda gran poesía, no importa la época: la muerte, el amor, la libertad. Así, el poeta se pregunta:

¿Dónde está muerte tu aguijón
El impalpable imperio de frente como una estatua de sol negro?
[...]
¿Dónde está la piedra que sonríe
La llamarada de tu boca Muerte?
El rito inapelable de los delfines
Las oleadas de insectos de cal viva
Y las diversas trampas que elaboro
Desde la nave que habita mi memoria
Sólo echarán a tus entrañas sedas
Más feroces y antiguas que el diamante
¡Oh Muerte!
Y este lago huésped de tu carne
Batiendo como una espina anticipada
En la sala de cirugía de esos ojos
Estelares que barren las aguas residuales
Esta prisión del tiempo que pudre mis oídos
Niegan mi libertad no cabe en las escamas
Del Gran Druida marcando el roble donde sollozan los vampiros


(De “Libertad color de hombre”,
Amuletos del sueño)

En La voz por enterrar, el poeta, pasajero invisible pero plenamente consciente de las irreales propiedades del ser, hace inventario de sí mismo y, caminando solo, en una casi despedida o final de juego, en anticipación del silencio último, entre señales ocultas y múltiples referencias a la ubicua “death in progress”—la perenne compañera de viaje—, escribe:

Si lo que hay que enterrar es el silencio
Esa otra voz con que tropieza
La araña de mi nombre en el vacío
Mi voz encerrada en una caja invisible
Mi silencio como un guante sobre la empuñadura de una luz negra
Entonces la aguja para tejer los simulacros
De mi sombra que avanza entre las venas de los cataclismos
Decidirá si he de saltar de un puente a otro
O acaso permanecer con mi cabeza inclinada
Del lado izquierdo de las nubes
Donde un hacha de oro lee los presagios
Cascos de caballos retumbando sobre el polvo de tu cadáver
Entre solemnes apostadores que sólo ganan para seguir jugando
Estrella o escudo vida o muerte
Como la trayectoria de una piedra lanzada al infinito
O la caída de un ave mortalmente herida
Desprendiéndose de su último vuelo
Para hospedarse en una de las uñas del viento
En el espacio donde florece la memoria abolida
[...]
Si no puedo salvar todos mis sueños no salvaré ninguno
Que me despedacen sobre la hierba azul de una tierra que amo
Cuando me envuelva la increíble sombra que me aguarda
Ya no habrá más códigos ni juegos
Sólo la simetría oscura de infinitas lunas
El sol sobre mis huesos en su galope ciego
El agua insomne de la blanquísima aventura
Mi voz oculta en las raíces de los mangles
Mi voz por enterrar
Secretamente


(De “La voz por enterrar”)

IX

Poeta, artista plástico e investigador literario, Jorge Valdés Ramos (1946) estudió arte en la legendaria escuela San Alejandro, La Habana (1967). Vinculado al grupo literario de El Caimán Barbudo, donde publicara sus primeros poemas (1966), su poesía también fue incluida en la antología Punto de partida(La Habana, 1970) por Raúl Rivero. Valdés Ramos cuenta que “su interés por el surrealismo data casi del momento mismo en que se vio obligado a abandonar sus estudios pre-universitarios (tenía una fuerte vocación por la bioquímica), tras ser llamado al servicio militar obligatorio (1964). Tiempo después le escribió a su compatriota, el pintor Jorge Camacho [en París], con la secreta intención de integrarse al surrealismo activo, pero la noticia de éste que el grupo parisino había dejado de existir con la muerte de André Breton (1966) fue algo que lo desconsoló en grande. A partir de entonces decidió vivir hacia adentro, en el mayor de los silencios posibles. Así se quedaron inéditos un poemario tras otro [que] quizás se perdieron cuando partió exiliado hacia los Estados Unidos (1989)”. Es autor, asimismo, de una obra de teatro surrealista, El carné y los estropajos. Ha participado en exposiciones colectivas en Cuba, Estados Unidos y Chile.

He aquí una muestra de su poesía:

Frío de colección con mansiones de mandíbula
Para lo poco rápido que suspiran se ven bastante
El saludo intermitente de lo educado inconstituido
Es la posibilidad ansiosa de lo extraño permanente
Como a degüello entre dos casi me vacían el cerebro
La caricatura de odio la envidia sublime esperpento
Hecho el destino nada se puede corregir cadavérico
En el suelo erguido derrotado aún conservo el rostro
Me voy a morir contento en lo mío muy fructificado
A la fuerza lo obtuve en medio de los varios terrores
Decir lo contrario a lo exacto es como mentir en seco
Los hijos de pluma van a arder pronto con sus venenos
A sucumbir en blanco irán todos los necios semblantes
En tanto la mandíbula de colección en el frío se manifiesta


(“Decir lo contrario”)

En la poesía de Valdés Ramos el sueño, lo invisible, las “imágenes reales de lo que no existe”, los colores, son como trazos sobre un lienzo en que lo maravilloso se asoma y, de pronto, desaparece:

Imágenes reales de lo que no existe
de lo que existe como tal y no se ve
de lo invisible afilado que no se siente
de lo que se huele ajeno como incorpóreo
de lo que se escabulle sin presentaciones

Imágenes nítidas de la fatiga tentacular
aparecidas de improviso mientras se duerme
con su cara criminal de monstruo horrible
tambaleantes en medio de un paisaje
que desaparece


(“Paisaje que desaparece”)

X

Amuletos del sueño, de Fernando Palenzuela, aunque escrito entre los años de 1958 y 1962, es publicado en 1972, veinte años después de la aparición de Cambiar la vida (1952), de José Alvarez Baragaño. Pasan otros veinte años antes que se revele otro joven poeta de origen cubano, Walt Jiménez (1963), nacido en Jersey City, New Jersey, con un volumen de poesía, Arcanos del otro(1993), que es como una “candela encendida” (Lichtenberg) en su proyección francamente surrealista. Jiménez escribió los poemas incluidos en esta colección en Montclair, Miami, Venecia y Sant Pere de Ribes entre los años de 1984 y 1987. Con epígrafe de Rimbaud ("Plus de mots. J’ensevelis les morts dans mon ventre. Cris, tambour, danse, danse, danse, danse!", de Une saison en enfer), Jiménez escribe en el introito del libro: “La poesía no es algo de palabras y papel. Es carne y sueño y sangre y vida. Es los gritos que se oyen en la noche. Es el ritmo perdido del tambor en la jungla. Es la danza del poeta”. De ahí parte con inusitado brío y compone poema tras poema de un lirismo sorprendente, mas a veces de rasgos claramente saturninos:

Una esperanza silenciosa me lleva
Calladamente a la víspera de la muerte
Soy viajante de las aguas
Busco al dios oscuro que reina sobre ellas
Dios de fluidez y transparencia
Juez del mundo de coral y profundidades
Me río de ti
Me burlo de tu fe en la salvación del hombre agua
Creación del vacío
Abismo será
Pero quedarán las aguas del sol siempre frío
Y en ellas vivirá el hombre agua
Hasta que muera su dios demente
En ellas llevará su vida ligera y esbelta.


(De “Tareas”)

“Mi alma me acompaña en la búsqueda de mi amada Muerte”, escribe Jiménez (“El Mago”), y:

A tu lado muere lentamente una bestia de cristal
¿Eres tú el asesino?
Siglos de desamparo nos han dejado débiles y perdidos
En esta maraña de días infinitos y noches interminables
Sólo el abismo nos queda como alternativa
A la monotonía de la confusión
Pero dentro de esta prisión hay una celda sin paredes
Donde ha llegado el tiempo de los asesinos
Reunidos en aislamiento y unidos en soledad
No hay más que esperar la llegada de la magia
Sé que eres tú el portador de aquella arma
Que derrumbará las tapias que nos encierran
Y contigo entraremos los campos magnéticos.
[...]
Sé que cerca de mí
¿Quizás en mí?
Sigues tus investigaciones al compás de la luna
Y la marea
Y la memoria tenaz

Nací contigo y contigo muero.


(De “Elegías a Baragaño”)

***

Octavio Paz (La búsqueda del comienzo, 1954) observa: “el surrealismo —en lo que tiene de mejor y más valioso— seguirá siendo una invitación y un signo: una invitación a la aventura interior, al redescubrimiento de nosotros mismos; y un signo de inteligencia, el mismo que a través de los siglos nos hacen los grandes mitos y los grandes poetas. Ese signo es un relámpago: bajo su luz convulsa entrevemos algo del misterio de nuestra condición”. Así, en la poesía cubana contemporánea la llama del surrealismo permanece viva y, según parece, no habrá de extinguirse jamás.

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Este ensayo apareció originalmente en la revista electrónica Agulha (www.revista.agulha.nom.br), No. 53, agosto-septiembre 2006. Algunos de los poetas cubanos mencionados pueden ser encontrados en www.sonambula.com y en http://www.jornaldepoesia.jor.br/bhcuba.htm.

15 septiembre 2006

Cintio Vitier y la reinvención de Orígenes




En su deseo de ganar aceptación, él había simplificado su figura para corresponder a los deseos del Partido. Un compromiso llevó a un segundo y a un tercero hasta que, aun cuando todo cuanto uno dice puede ser perfectamente lógico, no tiene nada en común con la carne y la sangre de la gente viva. Esta es la otra cara de la moneda de la dialéctica. Este es el precio que uno paga por el confort mental que la dialéctica provee. En torno a Alfa vivían y continúan viviendo muchos trabajadores y campesinos cuyas palabras son inefectivas, pero al final la voz interior que ellos oyen no es diferente del comando subjetivo que cierra los labios de los escritores y demanda o todo o nada. Quién sabe, probablemente algún campesino desconocido o empleado menor de correos debe ser situado a mayor altura en la jerarquía de aquellos que sirven a la humanidad que Alfa, el Moralista.
Czeslaw Milosz: “Alpha, the Moralist”,
The Captive Mind (1953), Vintage Books, New York, 1990.
(Traducción del autor.)

No cabe duda que la aparición en La Habana de la revista Orígenes en 1944 y su persistencia a través de cuarenta números hasta 1956 constituyen, de hecho, algo no sólo insólito sino aun extraordinario en la historia de las letras en Cuba. Durante esos doce años de proyecto republicano pero también de revulsión política y agitación social en Cuba, en que el proceso democrático que se iniciara en 1940 habría de degenerar en cataclismo civil y corrupción pública absoluta, no hubo apenas lugar para menesteres de la cultura, en general, ni mucho menos para empeños tales como, en particular, la mera publicación de una revista de arte y literatura. No faltaron, es cierto, las actividades culturales auspiciadas por organismos oficiales así como por instituciones privadas, pero las aventuras intelectuales legítimas, tales como la edición de las obras de los escritores independientes o la publicación de una revista literaria que se apartara de los cánones de la cultura oficial, si no eran de hecho imposibles estaban de por sí condenadas al fracaso casi inmediato. De ahí que la hazaña de Orígenes merezca el reconocimiento y la celebración unánimes de quienes vivimos siquiera en parte aquel período tan decepcionante del proceso republicano en Cuba. En realidad, la crisis de la "alta cultura" en Cuba de que escribiera Jorge Mañach en 1927 fue más bien una crisis de la cultura cubana en todas sus manifestaciones que, como podemos apreciar desde el presente, habría de extenderse apenas sin interrupción hasta nuestros días. (Es verdad que a partir de 1959, con el advenimiento de la revolución, se produce un breve hiato en que toman un cierto auge las actividades de tipo cultural, pero muy pronto los intelectuales y los artistas o se marchan al exilio en reacción a los excesos y las demandas de un régimen que exige el conformismo unánime con sus dictados o, al permanecer en la isla, se someten al aparato de la cultura oficial o, de lo contrario, son acosados, perseguidos o, en el mejor de los casos, condenados al ostracismo.) Así, pues, los méritos de Orígenes residen sobre todo en su capacidad de sobrevivir en aquel ámbito tan inhóspito; tampoco podemos negar, por supuesto, su alta calidad como revista de arte y literatura. Porque si bien Orígenes se mantiene al margen de toda preocupación política o social en Cuba en tanto que erige sus intrincadas estructuras en que sólo cierto arte y cierta poesía tienen cabida (de acuerdo con el parecer absoluto de José Lezama Lima), es indudable que llega a alcanzar prominencia notable entre las mejores publicaciones latinoamericanas en su clase. A las colaboraciones de autores extranjeros tales como Wallace Stevens, T. S. Eliot, Virginia Woolf, William Carlos Williams, Stephen Spender, George Santayana, Albert Camus, Louis Aragon, Saint John Perse, entre otros, obtenidas así como traducidas casi siempre por José Rodríguez Feo, y de los españoles Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, y Jorge Guillén, se unen las ilustraciones de los mejores pintores cubanos como Víctor Manuel, Lam, Portocarrero, Mariano Rodríguez, Cundo Bermúdez (con las notables excepciones de Carlos Enríquez y Fidelio Ponce, a quienes Lezama nunca dio entrada en las páginas de Orígenes); es, sin embargo, en la poesía cubana que aparece en la revista que Lezama se revela en su máxima capacidad de árbitro supremo al solicitar y aceptar solamente las colaboraciones de sus adeptos y protegidos de turno. A la poesía de Lezama mismo, por supuesto, y a las de Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García Marruz y Angel Gaztelu, que no siempre fueran de la calidad casi antológica que el mismo Vitier les confiriera en sus asiduas "críticas" (las que a su vez fueran convenientemente divulgadas por las Ediciones Orígenes), hay que agregar la de algunos jóvenes colaboradores ocasionales —tales como Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Cleva Solís, Carlos M. Luis— quienes, como requisito previo a su inclusión en el parnaso lezamiano, tenían que pasar las pruebas de adhesión total al Maestro. Por otra parte, entre los poetas originalmente incluidos por Vitier en su libro Diez poetas cubanos —los que, de hecho, habrían de ser para siempre identificados con Orígenes— Gastón Baquero y Virgilio Piñera, quienes con Lezama son los poetas más notables de aquel momento, pronto abandonan el cónclave presidido por Lezama.

Reevaluación de Orígenes

Ya en 1955 José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera lanzan la revista Ciclón, la que representa un rompimiento total con Orígenes, según esta declaración en su primero número: "Ciclón borra a Orígenes —que es actualmente peso muerto— de un golpe. En cuanto al grupo, no hay que repetirlo, hace tiempo que, al igual que los hijos de Saturno, fue devorado por su propio padre." (Años más tarde, el origenista Lorenzo García Vega observaría: "Hubo un ciclón, y Lezama no comprendió. Quizás ya no volvió a comprender más".) Ciclón también rompe con ciertas tendencias preconizadas por Lezama Lima (el pensamiento teológico medieval, el barroco español, el "trascendentalismo", el catolicismo tomista, el hermetismo en la expresión poética, la afectación y el preciosismo literarios). Mas no es sino hasta después de los acontecimientos del año 1959 que se produce una más seria reevaluación de Orígenes. Permanecen en Cuba Lezama, Vitier, Diego, García Marruz. Un nuevo magazine literario, Lunes de Revolución, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, en que Virgilio Piñera colaborara asiduamente (así como José A. Baragaño, Heberto Padilla y Antón Arrufat, entre otros escritores jóvenes, quienes siempre mantuvieran una actitud crítica ante Orígenes), se sitúa tanto políticamente como en su visión del arte y la literatura en las antípodas de Orígenes y de Lezama Lima. Lorenzo García Vega, el más joven de los Diez poetas cubanos y temprano discípulo de Lezama, publica en 1978, ya en el exilio, Los años de Orígenes, libro en que registra su decepción con aquel proceso en general, y con Lezama en particular. García Vega escribe: "Orígenes no sólo había significado, para nosotros, un esfuerzo para alcanzar una renovación en la vida intelectual del país, sino, más que nada, una lucha por la regeneración espiritual de nuestra circunstancia... Lezama, Orígenes, fue, debió ser, la expresión de una revolución", pero "los origenistas metieron la cabeza debajo de la arena, por lo que cuando la revolución dejó de ser revolución, cuando la revolución, que ya no era revolución, se convirtió en repetición —repetición, perversidad—, algunos origenistas dijeron haberse convertido al castrismo". Y así "resultó que Cintio Vitier, Eliseo Diego, han soñado al castrismo cuando ya nadie sueña al castrismo", y "los que soñamos el espejismo de una Revolución Cubana sabemos que sólo ha quedado lo estúpido de una playa albina [así llama García Vega al exilio de Miami], o el sistema carcelario del castrismo". También Carlos M. Luis, quien publicara algún poema en Orígenes y se identificara personalmente con Lezama al que igualmente considera como su Maestro, intenta hacer desde el exilio un balance de la significación de aquel empeño en Tránsito de la mirada (1991) en el que, sin embargo, se muestra como hechizado todavía por la memoria del Magister Ludi. Posteriormente, en un artículo (Poetas de Enlace, Otoño de 1992) con motivo de la aparición de un libro de García Vega, Luis apunta que Orígenes "tuvo la inmensa tarea de echarse sobre sus espaldas no sólo el destino poético de la nación, sino de encararse a su desintegración ética", con el resultado en 1967 de la "conversión" a la revolución cubana ("como la continuidad de un camino 'de mayor realeza' que ya Lezama había anunciado en uno de sus escritos") de Vitier, García Marruz y Diego. A decir verdad, sin embargo, ni Orígenes se preocupó realmente por la "desintegración ética" del país, ni es posible hoy ignorar el papel de Vitier —y aun de Lezama— en el intento de re-escribir la historia de aquel proceso en busca de ganancia política.

García Vega señala que, durante los años de Orígenes, "los origenistas mantuvieron una lucha ejemplar contra el mezquino ambiente intelectual de nuestro país, y no pactaron con lo siniestro oficial de aquel momento de la vida cubana". Si esto es cierto no lo es menos que para los origenistas, según parece, la "lucha" consistió en ignorar totalmente la realidad cubana y en situarse al margen del acontecer político del país ("Hubo la conciencia, y la vocación, de la marginalidad", según el propio García Vega). Ya en 1949 Lezama, en célebre polémica con Jorge Mañach, había apuntado cómo el espíritu revolucionario de la generación de la Revista de Avance y del minorismo se había disipado eventualmente, para terminar acusándoles públicamente —con la afectación y alarde de refinamiento literario que le caracterizaban— de haber cambiado "la fede por la sede" (en sibilina expresión cuyo sentido, por supuesto, habría de escapar a la mayoría de los lectores de la popular revista Bohemia en que apareciera el artículo). Pero esto es, precisamente, lo que ocurre con los origenistas en la era del castrismo. Orígenes no sólo contribuyó abundantemente, durante su precaria existencia, a la crisis profunda de la cultura en Cuba —en medio de la aún más grave crisis política que padeciera entonces y que sigue padeciendo hoy nuestra desgraciada nación— en virtud de su carácter elitista, firmemente instalada en la marginalidad por elección de sus máximos teóricos fundamentalistas, léase Vitier y Lezama, sino que luego, en el momento más crítico de nuestra historia, con el advenimiento de la revolución, es cuando “origenistas” como el propio Lezama, Vitier y Diego, así como Pablo Armando Fernández y Roberto Fernández Retamar, entre otros, “descubren” sus oscuras y recónditas razones para abrazar la revolución como el largamente esperado renacimiento de la virtud y la ética civiles, algo que el mismo Vitier habría de relatar más tarde en sus múltiples y laboriosos intentos de explicar aquella extraña y súbita conversión política. Toca entonces a aquella clase selecta de intelectuales otrora no-comprometidos el cambiar, a su vez, la fede por la sede.

Así, pues, como si no fuera lo suficientemente trágico el que Orígenes —y los poetas y escritores que participaran en aquel proyecto: al menos tres promociones, la de Lezama y Gaztelu, la de Vitier y Diego, y la de los poetas más jóvenes en aquel momento como Roberto Fernández Retamar y Pablo Armando Fernández—, en ilustración poderosa del inoperante papel que los intelectuales desempeñaran en la Cuba republicana, ignorara —ignoraran— la grave crisis política, social y, por supuesto, cultural por que atravesara el país; como si esto, digo, no fuera lo suficientemente trágico para la nación, ocurre que con el vuelco institucional que tiene lugar a partir de 1959 en que el poder cultural pasa en pocos años a las manos de meros funcionarios interesados solamente en sobrevivir y en publicar a toda costa sus pobres engendros literarios, se desata una campaña para encubrir y, al mismo tiempo, redefinir la actuación (¿inacción, más bien?) de la revista y del grupo que alrededor de ella había vegetado indolentemente por tantos años.

Antonio José Ponte, en El libro perdido de los origenistas (Editorial Aldus, México, 2002), relata cómo Cintio Vitier se dedicara por mucho tiempo a “allanar el camino para el perdón gubernamental” y a componer “una historia origenista que pasaba a pie danzante sobre los años de castigo y que llegaba a relacionar la obra de los escritores de Orígenes con la Revolución de 1959”. Los “años de castigo” son los que sufrieran Lezama y Virgilio Piñera hasta la muerte —o aun más allá de la muerte— de ambos, y aun el propio Vitier por algún tiempo, que habrían de culminar, sin embargo, en 1993 con el nombramiento oficial de Vitier como diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular... “La asamblea de militantes comunistas ofrece escaño al católico practicante como premio a sus intensas búsquedas de coartadas políticas en Martí, a sus esfuerzos por relacionar la labor del grupo Orígenes (y toda la historia intelectual de la nación) con la Revolución de 1959”. Y termina Ponte: “Así, varias décadas después del triunfo revolucionario y muertos Lezama y Piñera, Orígenes empezaba a formar parte del discurso con que la Revolución cubana de 1959 legitima su duración”... “Haber sido quien le diera forma al grupo Orígenes mediante antologías e historias, permitía a Vitier interpretar a gusto. Sobrevivir a Lezama le tendía patente. A sus setenta y un años, entre instantáneas de escritores del grupo, Cintio Vitier mayoreaba la fiesta”.

Para llegar a Orígenes

Lezama, por su parte, a pesar de sufrir algunos percances en sus relaciones con los árbitros de la cultura oficial en Cuba, permaneció en Cuba hasta su muerte en 1976. Así, en 1966 ve publicada su novela Paradiso, en tanto que con la colaboración siempre entusiasta de Cintio Vitier trata de reconstruir la trayectoria y redefinir la significación de Orígenes en la historia de las letras cubanas dándole un carácter cripto-revolucionario que en realidad nunca tuvo. En 1968 Lezama dedica notas laudatorias a la revolución ("El 26 de julio: imagen y posibilidad") y a uno de sus líderes más destacados ("Ernesto Guevara: comandante nuestro") en La Gaceta de Cuba y en Casa de las Américas, respectivamente. En 1970 escribe que “la Revolución cubana no es otra cosa que la creación del verídico estado cubano”. Y, en entrevista con Jean-Michel Fossey, Lezama se apresura a señalar con orgullo que los poetas que después ocuparían "lugares distinguidos y de calidad en las filas de la revolución" —y cita a Fayad Jamis, Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes, Pedro de Oráa, Pablo Armando Fernández— se habían dado a conocer en Orígenes. Pero, claramente, Lezama no es adepto en la falsificación de credenciales político-revolucionarias, como sí lo fuera entonces y siempre Cintio Vitier.

En 1971 Vitier escribe un ensayo introductorio a las obras completas de Lezama publicadas en 1975 en que minuciosamente destaca las casi imperceptibles referencias más o menos críticas a la realidad cubana que aparecieran a través de los años en Orígenes. Luego, en entrevista con Enrico Mario Santí en La Habana en 1979, en la que también participaran Eliseo Diego, Fina García Marruz y Angel Gaztelu, Vitier pone extremado cuidado y esmero en señalar momentos estelares de Orígenes tales como una críptica referencia editorial a "las cúpulas de los nuevos actos nacientes" en 1953, año del asalto al Cuartel Moncada; o el que el último número de Orígenes apareciera el año en que iba a producirse el desembarco del Granma, algo, según Vitier, altamente significativo. Vitier, quien no pierde una oportunidad de avanzar sus propias causas como lo hiciera por muchos años al erigirse en exégeta máximo del origenismo, echa mano de María Zambrano para sugerir que Orígenes y, en particular, los poetas por él incluidos en su antología Diez poetas cubanos pueden y deben ser vistos "en 1948 como el anuncio, sin ningún propósito explícito ni temático, de un país que va a nacer a la historia"; porque "es verdad que Cuba, antes de la revolución, vive en un estado... 'pre-natal'. Eso me parece” —concluye Vitier— “una asombrosa intuición de María Zambrano en 1948". Todo esto se fue haciendo más y más claro —otra vez según Vitier— en otro de sus libros, Lo cubano en la poesía (1957), y es, sin duda alguna, lo "que debe haber llevado a Roberto Fernández Retamar, en su libro La poesía contemporánea en Cuba (1954), a calificar de 'trascendentalismo' al grupo Orígenes". En aquel coloquio de 1979 con Enrico Mario Santí, Vitier y Diego, después de señalar que Lezama piensa la historia a través de la poesía, terminan haciendo una apología de la visión origenista de la poesía como método de conocimiento, en lo que, según Diego, no se apartaban mucho de la concepción marxista de la poesía. Así se inventa la leyenda de la conciencia histórica y la misión política de Orígenes —y, por ende, de los origenistas o, al menos, de ciertos origenistas.

Vitier, en efecto, dedica años de investigación minuciosa y relectura asidua de cartas y oscuros textos de Lezama y propios en un esfuerzo calculado para documentar la trayectoria y visión revolucionarias de Orígenes que culminaran, naturalmente, en el supuesto entusiasmo de ambos, Lezama y Vitier, con el triunfo revolucionario de 1959. Así (“De las cartas que me escribió Lezama”, mayo de 1982, en Para llegar a Orígenes, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1994, de donde proceden todas las citas que siguen), escribe: ...”un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza” [Lezama: “Señales. La otra desintegración.” En Orígenes, 1949, no. 21, p. 61]: “es decir, nos permitimos aclarar, de ‘mayor realeza’ en relación con la aludida frustración, no con lo político en sí, ya que lo político se considera ‘esencial’, aunque frustrado, precisamente, por la ausencia de un proyecto nacional que sólo el rescate de la Revolución martiana podría suministrarle” (p. 21). Más adelante observa: “Cuando [...] apareció aquel Curso en forma de libro [Lo cubano en la poesía, Universidad Central de Las Villas, 1958], en su primera página escribí: ‘Ojalá que este esfuerzo [...] contribuya al rescate de nuestra dignidad. Porque tal es el propósito que secretamente lo anima.’ Secreto a voces, pues. Esa dignidad no podía ser otra que la de la patria, cuya identificación con nuestra poesía era la premisa mayor de mi libro. En aquellas Pascuas que ardían como en el reino del Hades, Lezama veía mis conferencias como un procesional de la imago de la patria: reemplazo del hecho de su frustración, pero a la vez creación de otro hecho naciente” (pp.29-30). Y añade: “Al triunfo de la Revolución, Lezama escribió en su honor el elogio del ángel nuestro, el Ángel de la Jiribilla, el que repite: ‘Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad.’ Para terminar mis palabras delante de su tumba, la mañana del 10 de agosto de 1976, recordé este fragmento oracular: ‘Ángel de la Jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte.’ [“A partir de la poesía” (enero de 1960), en La cantidad hechizada, UNEAC, 1970, p. 52.] Releyendo ahora su carta dedicada a Lo cubano en la poesía, comprendo que esa imagen suma que terriblemente dice: ‘sucede’, custodiada por el ángel de la luz cubana, sólo puede ser en nuestra historia, sólo podía ser en aquellos días agónicos de la lucha insurreccional, la que está en el centro de la ‘era de la posibilidad infinita’, que según el testimonio participante del propio Lezama comienza a hacerse visible con la manifestación del 30 de septiembre de 1930 y empieza a realizarse con el triunfo de la Revolución en enero de 1959: la imagen creada para el horizonte de nuestra historia por José Martí” (pp.32-33).

En “La casa del alibi” (ensayo de enero de 1986), donde Vitier relata su hallazgo en diciembre de 1985, entre los papeles de Lezama, de este poema hasta entonces desconocido, y cuya “imagen mayor [...] es, sin duda, la de un advenimiento, la de una alegre llegada”, apunta: “Después del triunfo revolucionario, en su página sobre ‘Ernesto Guevara, comandante nuestro’ (Casa de las Américas, 1968), Lezama escribirá: ‘Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío’ (p. 49); [...] el hermetismo oracular del poema —tan fiel a la circunstancia oscura, hermética, presagiosa, en que surge— ya empieza a aclararse con las palabras mayores de su profecía: ‘tomará nueva carne cuando lleguen la desesperación y el temblor y la justa pobreza’. Sabemos que en la mencionada página de Orígenes añadió: ‘para avizorarnos las cúpulas de los años nacientes’; y que, después de enero del 59, culminó su sistema poético del mundo con ‘la era de la posibilidad infinita’, presidida por José Martí” (p. 53); [...] ‘Y fue el preludio de la era poética entre nosotros, que ahora nuestro pueblo empieza a vivir, era inmensamente afirmativa, cenital, creadora. Encuentro del anillo, del círculo absoluto. El héroe entra en la ciudad’ (Lezama: Imagen y posibilidad, La Habana, Letras Cubanas, 1981, pp. 103-104)” (p. 54).

Pero hay más. En “Un párrafo para Lezama” (agosto de 1986), vehemente defensa de Paradiso, Vitier declara: “Ningún poeta cubano trabajó tanto, desde la poesía, con la razón y con la historia como Lezama. La tierra oculta que él cultivó nos ofrece nuevos frutos cada mañana, y algún día el pueblo al que nunca dejó de ser fiel realizará de su obra la única lectura satisfactoria, maravillosa y natural, la que todavía no podemos siquiera imaginarnos” (pp. 64-65). Y concluye: “Por primera vez en nuestra historia, Cuba se convierte en naturaleza asimiladora de toda la cultura posible e imposible. No ver en este suceso un afluente de la Revolución que nos abrió las puertas de la historia universal, sería singular ceguera” (p. 64). Después de todo, tal como lo hace resaltar Vitier en “La aventura de Orígenes “ (julio de 1991), ya en 1952 Lezama (en “Alrededores de una antología”, Orígenes, no. 31) había salido en defensa de Cincuenta años de poesía cubana “remontándose a ‘la ovillada fuerza histórica de Diez poetas cubanos’ y subrayando la voluntad de la nueva antología de ‘participar en el proceso creador de la nación’, para concluir: ‘eso que ahora se llama Orígenes, y que antaño se llamó Verbum, Espuela de Plata, Clavileño, Nadie Parecía [...] es algo más que una generación literaria o artística, es un estado organizado frente al tiempo’” (pp. 88-89).

Cintio, el Moralista

Es, sobre todo, en Ese sol del mundo moral: para una historia de la eticidad cubana (México: Siglo XXI Editores, 1975) que Vitier osa, finalmente, acometer “el esbozo de lo que pudiera llamarse una historia moral de Cuba, que esperamos sea útil, no sólo a los interesados en nuestra cultura, sino también, por sus lecciones objetivas, para la formación revolucionaria de las nuevas generaciones americanas” (p. 10) pero que, principalmente, habría de resultar útil para la acreditación como revolucionarios de los poetas de Orígenes. Veamos cómo Vitier logra este propósito astutamente disfrazado de examen de la experiencia revolucionaria cubana y su fundamento ético, en cuyo punto central se encuentra la figura de José Martí y en su punto culminante la de Fidel Castro.

Ya en el prólogo del libro Vitier escribe: “De lo que se trata aquí es sólo de señalar aquellos momentos claves en el proceso de forja de la nacionalidad que denotan un fundamento y una continuidad de raíz ética, es decir, una creciente, dramática y dialéctica toma de conciencia” (p. 9). Más adelante, sin embargo, se apresura a aclarar: “No es nuestro propósito, ni de nuestra competencia, sistematizar los aspectos de lo que puede llamarse con rigor una ética socialista” (p. 191). La aclaración es necesaria porque Vitier sabe que en verdad mal podían los poetas de Orígenes asumir el rol de revolucionarios. Según el propio Vitier, en los años que siguen a la revolución de 1933, “la cultura se replegaba a posiciones de investigación y crítica, de recuento histórico, de rescate de esencias. Una distinta eticidad, asediada por la farsa y el vacío, se hacía fuerte en el silencio” (p. 140). Así es como Vitier trata de insertar a Orígenes en aquel proceso: “A partir de la muerte de Guiteras y de la Asamblea Constituyente de 1940, en que los intelectuales comunistas o de izquierda tuvieron una intervención decisiva, la inteligencia y la sensibilidad, desligadas de la acción violenta, se manifiestan en tres líneas: la políticamente militante de escritores como Juan Marinello, Nicolás Guillén, Jorge Mañach, o el francotirador Raúl Roa [...]; la de puro trabajo intelectual, que venía de las primeras décadas de la seudorepública con figuras como Fernando Ortiz, Ramiro Guerra y Medardo Vitier; y la de creación poética silenciosa, que enlazaba tres generaciones sucesivas: la de Poveda, Boti y Acosta, la de Brull, Ballagas y Florit, la de los poetas de Orígenes” (p. 140). Vitier, en efecto, aprovecha para dedicar no pocas páginas de este libro a destacar particularmente la obra y la militancia de Marinello, Guillén y Roa, la existencia de quienes, por supuesto, a juzgar por las páginas de Orígenes, jamás había sido siquiera reconocida. La defensa de Orígenes continúa: en su recuento de la obra de Nicolás Guillén, “un descubrimiento poético de primera magnitud”, aprovecha la oportunidad para responder al ataque de los editores de Gaceta del Caribe (1944), el mismo año en que aparece Orígenes. Los editores de aquélla —Guillén, Portuondo, Augier, Mirta Aguirre y Félix Pita Rodríguez— habían declarado “no concebir ‘la obra de arte sino como una manera de luchar por la libertad y la justicia’ y desde el primer número manifestaron su ‘ánimo polémico’ y su propósito de combatir ‘a cuantos huyen, a la hora de crear, de todo contacto con el alma y la sangre del pueblo’. Los aludidos en este caso” –-escribe Vitier—, “los poetas de la revista Orígenes, no respondieron con el mismo ánimo, evitándose la dilapidación de energías que eran necesarias para resistir y rescatar, cada uno a su modo, algo de aquella alma y aquella sangre. Con el tiempo se haría ostensible que Orígenes no era enemigo de La Gaceta, sino que el enemigo de ambos era la frustración de la república y la traición de los gobernantes. Así en 1949 el director de Orígenes, José Lezama Lima, en una de sus “Señales” escribía: [...] ‘un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza’; pero fijémonos que considera a lo político ‘esencial’, y que por tanto también lo era la frustración del país. La ‘mayor realeza’ de los cotos de la creación se indicaba en relación con la politiquería y ramplonería ambientes, no en relación con una política ‘esencial’, que hubiera sido continuadora de Martí. Lo que propone, además, no es un simple ‘culturalismo’ (ya en la presentación de Orígenes se había opuesto al dualismo vida-cultura), sino una actitud ética ‘que arranca de las fuentes mismas de la creación’ y sobre todo de una voluntariosa esperanza de ‘crear la tradición por futuridad, una imagen que busca su encarnación, su realización en el tiempo histórico, en la metáfora que participa’” (pp. 153-154).

Según Vitier, el “pesimismo político [de los poetas de Orígenes] era acompañado por un optimismo trascendente que les permitió resistir y crear en el desierto. [...] Pero lo más significativo de este grupo de poetas fue la dimensión que en ellos alcanzó el tema tácito o explícito del ‘imposible’ [“Lo imposible, es posible”, escribió Martí en abril de 1880], que venimos registrando como constante histórica y espiritual cubana” (p. 155). Así, Lezama había desarrollado “una poética compensatoria del imposible histórico y una interpretación de la historia misma desde la perspectiva de la imagen, concebida como puente de la posibilidad que une las dos orillas: la de lo real y la de lo inexistente” (pp. 155-156). Y Vitier mismo, por supuesto, toma posición dentro de esta corriente “en el cuaderno titulado La luz del imposible (1957), donde no se apelaba a las posibilidades compensatorias de la imagen sino a la realidad misma del imposible en las cosas y los hechos. Por eso escribía allí: ‘cuando digo ‘imposible’ no quiero decir ‘no posible’, sino que aludo a una cualidad constitutiva de las cosas reales’. Pero esa cualidad era precisamente su ‘luz’ oculta, su fuerza desconocida, su posibilidad mayor: la paulina ‘sustancia de lo que esperamos’, el secreto mismo —tan espiritual como físico— de la encarnación. Posición que en el fondo convergía con la de Lezama en una sed de advenimiento histórico, de encarnación de la poesía en la realidad” (p. 156). Esta “sed” compartida por Lezama y Vitier de “advenimiento histórico, de encarnación de la poesía en la realidad” sería finalmente satisfecha con el triunfo revolucionario de 1959.

Rafael Rojas (“Cintio Vitier, poesía y poder”, Letras Libres, Noviembre 2002, México), sin embargo, aclara que si bien “es cierto que Lezama compartió con Vitier esa fértil idea de la participación de la Imagen en la Historia que, en buena medida, fundamentó su teoría de las ‘eras imaginarias’... su enlace con la Revolución Cubana [...] fue siempre sutil, elusivo, tangencial, distante del discurso ideológico, ajeno a las solemnidades éticas y, sobre todo, reacio a las transparencias de la vocación pública”. Y añade: “La diferencia substantiva entre la ‘teleología insular’ de Lezama y la de Vitier no radica, sin embargo, en la mayor o menor intensidad del discurso revolucionario, sino en una divergente apuesta frente al dilema de la Poesía y la Historia... A diferencia de Vitier, quien siempre lamentó la zozobra de una escritura sin gravitación histórica, Lezama apostó por la Poesía”. Asimismo, Rojas señala cómo el ensayo de Vitier, Ese sol del mundo moral, “estaba salpicado de citas de Fidel Castro, de principio a fin, y, por momentos, no hacía más que desarrollar intelectualmente la tesis expuesta en el famoso discurso Porque en Cuba sólo ha habido una Revolución, del 10 de octubre de 1968. Sin embargo, Vitier escribía desde el lugar de un poeta nacionalista y católico, que no había participado en el movimiento revolucionario. De ahí que el objetivo del libro fuera legitimar su inserción, en tanto sujeto intelectual no marxista, en el campo revolucionario”. Y concluye: “Una zona importante de la creación historiográfica y crítica de Cintio Vitier en los años setenta y ochenta se orientó hacia la búsqueda de un reconocimiento, como intelectual católico y revolucionario, por parte del Estado cubano. Su hora llegó en 1992, cuando la desaparición de la Unión Soviética obligó al gobierno de la isla a rearticular su ideología en favor del nacionalismo poscomunista. En ese escenario, la ensayística de Vitier resultó sumamente valiosa y el viejo intelectual católico, antes sospechoso, se convirtió ahora en la voz del socialismo tardío. El poeta fue elegido a la Asamblea Nacional del Poder Popular y logró eficaces intervenciones en la política ‘inmediata’, ‘visible’ y ‘mundana’ del castrismo real. A tal punto llegó la consagración de Vitier como intelectual orgánico del régimen cubano que, a mediados de junio de 2002, una semana antes del fallo favorable del Premio Juan Rulfo, Fidel Castro condecoró al autor de Ese sol del mundo moral con la Orden José Martí, la más alta distinción por aportes a la cultura cubana que concede el gobierno de la isla. Y como desenlace de estos amores entre la poesía y el poder, al día siguiente del anuncio del galardón en Guadalajara, Castro visitó a Vitier en su departamento del Vedado. Por fin el Caudillo entraba en la casa del Poeta, la Historia visitaba el hogar de la Poesía”.

Vitier, a quien Rojas se refiere como el “sentencioso exégeta de los evangelios martianos donde se anuncia la llegada del Mesías (Fidel Castro) y el advenimiento del Paraíso (la Revolución Cubana)”, se complace en citar un texto de Lezama que, según la interpretación que posteriormente él mismo le ha dado, anunciara la Revolución: “No se sabía por qué en el homenaje de Orígenes a Martí se decía: ‘Sorprende en su primera secularidad la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica, capaz de saltar las insuficiencias toscas de lo inmediato, para avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes’. ¿Qué actos eran esos, dónde estaban? Oscuramente se sentía que ya no bastaban las palabras, ni la cultura, ni siquiera las ‘actitudes’” (p. 159). [...] “Ese acto fue el asalto al Cuartel Moncada” y el significado de aquel acto “iba a definirlo su máximo jefe, Fidel Castro” en el discurso ante sus jueces, “el único hombre libre en aquel juicio [...], con palabras que eran actos”: “con este discurso” —exclama Vitier— “comienza otra época” (pp. 160-161), porque “La historia me absolverá es una pieza ética de primera magnitud” (p. 176).

En suma, escribe Vitier, “con el triunfo insurreccional del 1º de enero de 1959 [comenzó] el avance hacia el socialismo como única solución posible [...], como única manera de hacer efectiva la nueva eticidad social que es el eje de la revolución [...], una eticidad revolucionaria que, partiendo de la rebeldía mambisa y del ‘fundamento moral’ martiano, con las armas ideológicas del marxismo leninismo y la ayuda de la Unión Soviética [nótese que Vitier escribe en 1974]... tuvo su máxima expresión contemporánea, fraguada por la Revolución cubana y proyectada hacia el futuro americano, en Ernesto Che Guevara” (pp. 190-191). Y concluye: ...”de aquella primera vivencia [la vivencia del triunfo de la Revolución en enero de 1959] había algo que se mantenía indestructible, vivo al fondo de todos los sucesos. Ese algo era, es, la raíz ética... La patria, que estaba en los textos, en los atisbos de los poetas, en la pasión de los fundadores, súbitamente encarnó con una hermosura terrible, avasalladora, el 1º de enero de 1959... Ese año será el más hermoso, el decisivo en nuestra vida” (pp.192-193). “Y todo lo que parecía imposible —así lo diría el propio Fidel el 26 de julio de 1971—, fue posible” (p. 194).


Czeslaw Milosz, en El pensamiento cautivo —libro escrito a principios de los años 1950, cuando la Europa oriental estaba dominada por el estalinismo—, describe cómo varios típicos intelectuales polacos de la época habían reaccionado a las presiones del Estado comunista. El caso de Cintio Vitier en la Cuba totalitaria es muy similar al de Alfa el Moralista en el texto antológico de Milosz. Alfa “quería ser una autoridad moral”, escribe Milosz. “Él quería alcanzar una pureza de tono moral, pero la pureza para ser genuina debe ser telúrica, enraizada profundamente en la experiencia y la observación de la vida. Él percibió que había caído en la falsedad al vivir en medio de ideas sobre las gentes en lugar de entre ellas mismas. Lo que él sabía acerca del hombre estaba basado en sus propias experiencias subjetivas entre las cuatro paredes de su habitación. Su catolicismo no era más que un disfraz”... “Alfa exitosamente realizó su ambición de convertirse en una autoridad moral. Su conducta fue la de un ciudadano-escritor ejemplar”... Sus colegas, sin embargo, le llamaban “la ramera respetuosa”.

Así, en el contexto cubano, Cintio el Moralista representa como nadie al intelectual oportunista que, después de una larga vida dedicada a la literatura y ajeno a toda preocupación político-social, dedica los últimos años de su vida a revisar la historia y prostituirse al servicio del régimen hasta ganar, oficialmente, la tan ansiada calificación de “revolucionario” por parte del poder político y, por supuesto, con la bendición del Máximo Líder, el único hombre libre en la Isla, a quien ahora sirve incondicionalmente.


Miami Beach, agosto de 2004

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Este ensayo fue originalmente publicado en la revista electrónica Agulha, No. 49, enero de 2006.